Fray Servando: De las mazmorras de la Inquisición a las habitaciones de Palacio Nacional

Mira, Javier, no podrás vencer al despotismo español, mientras mantenga su pilar económico más sólido, la Nueva España. De ahí vienen principalmente los recursos de Fernando VII para mantenerse en el poder. Vamos a México a pelear con los insurgentes. Allí, en tierras americanas, te espera la gloria militar que buscas.  No solo en España puedes luchar por la libertad. Si liberas a México, facilitarás también la independencia del resto de Hispanoamérica.”    

Aunque nadie atestiguó el encuentro en Londres entre Javier Mina y Servando Teresa de Mier, más o menos así debieron haber sido las palabras que pronunció el audaz sacerdote y revolucionario para convencer al español de aceptar la jefatura de la expedición a la Nueva España. Los imagino en una taberna inglesa de inicios el siglo XIX, conversando a la luz de alguna vela. Poco después Servando y Mina y zarpaban en el buque Caledonia, dejando atrás las costas inglesas.

Pero, no es de Javier Mina de quien deseo hablarle sino de este simpático sacerdote con tal poder de convencimiento. Lucas Alamán, en tiempos posteriores su adversario político, decía de él: “Era el padre Mier la mezcla más extraña de las más opuestas calidades: republicano decidido y enemigo de los monarcas, era por otra parte aristócrata por inclinación… Usaba un traje particular con el que llamaba la atención: pero este mismo carácter ligero y extravagante lo hacía bien recibido en todas partes”. Sus contemporáneos le reconocían además una brillante oratoria.

La vida de don Servando es ciertamente digna de una novela de grandes aventuras. Demasiado extensa para esbozarla en una columna. Su biografía reúne más de 600 páginas. 

Don Servando tenía un particular sentido del humor. A Francisco Fagoaga, uno de los hijos de la familia Fagoaga, la más acaudalada, según Humboldt, de toda América y quien financió en parte la expedición militar de Mina a México, lo llamaba “Frasquito”. A Ramos Arizpe le decía “Chatito”. Escribió sus Memorias en medio de un terrible juicio y encerrado en las mazmorras del Palacio de la Inquisición, según él, “para divertirse”.  Vaya sentido de la ironía.

Cuando desembarcó con Mina en Soto la Marina, el joven navarro se internó en el país en búsqueda de los insurgentes, mientras Don Servando se quedó en un fuerte que existía en la localidad. Ahí, lo apresaron los realistas y lo enviaron a la cárcel de la Inquisición. Sí, ese horrible lugar frente a la Plaza de Santo Domingo, en donde los prisioneros vivían bajo condiciones lamentables. Una vez un inquisidor le ordenó recitar el Padre nuestro y Don Servando, irreverente como era, le dijo: “Eso se les pregunta a los muchachos de escuela. Yo soy doctor en teología”.

En el Palacio de la Inquisición estuvo tres años, luego, cuando la Inquisición fue suspendida en 1820, lo trasladaron a La Habana. Los inquisidores pensaban que era el hombre “más perjudicial del reino”. En su última carta al virrey le escribían: “Su fuerte y pasión dominante es Ia independencia revolucionaria, que desgraciadamente ha inspirado y fomentado en ambas Américas, por medio de sus escritos llenos de ponzoña y veneno”. Apodaca, el virrey, ordenó su traslado a España, donde purgaría su condena.

Pero, Don Servando tenía un extraño talento. Ni James Bond podría igualarlo. A cuanta cárcel iba a dar, de cuanta cárcel lograba escapar. Con su enorme poder de convencimiento y algunas artimañas, siempre lograba huir. En La Habana se escapó por sexta vez en su vida y se refugió en Filadelfia. Ahí permaneció hasta la consumación de la Independencia.

Sin embargo, cuando regresó a México, volvió a caer en manos de los españoles, que todavía conservaban el Fuerte de San Juan de Ulúa. Ahí estuvo seis meses, hasta que las autoridades del nuevo país pudieron negociar su liberación.

Fue diputado del Congreso y adversario férreo al imperio de Iturbide. Llevaba más de un cuarto de siglo luchando contra reyes, virreyes y emperadores como para aguantar a uno más.

Guadalupe Victoria, el primer presidente del México independiente, lo invitó a vivir en Palacio Nacional. Tres días antes de su muerte invitó a sus amigos a Palacio para que lo acompañaran a recibir los santos viáticos, porque ya se iba a morir. Muchos pensaron que se trataba de una muestra más de las ocurrencias de Don Servando. Éste los recibió en la puerta, ofreció un brillante discurso de despedida y, ¡se murió!  En todo siempre puso su ingenio, hasta para morir. Uno de sus biógrafos afirma que “decidió hacer de su muerte una obra de arte”.