¿Quién descifró la escritura maya?

En la pasada Feria Internacional de Libro de Guadalajara encontré un DVD sobre un personaje con una historia fascinante, que quisiera compartir con Usted, pues refiere una serie de situaciones fortuitas que terminaron con un gran hallazgo para los estudiosos del mundo maya. 

A principios de mayo de 1945 la unidad 58 de artillería pesada del Ejército Rojo entraba en Berlín. Eran los días en que se libraba una de las batallas finales de la Segunda Guerra Mundial. En la Biblioteca Estatal, un soldado perteneciente a esta división pudo rescatar algunos libros. Llevándolos ocultos en su mochila, el joven ruso transportó los textos hasta San Petersburgo, en ese entonces Leningrado. Las obras que había rescatado de la destrucción eran  la edición de Diego de Landa Relación de las cosas de Yucatán y la edición de 1933 de los códices mayas de Carlos y Antonio Villacorta. En aquel entonces nadie había logrado descifrar los jeroglíficos que aparecían en esos códices.

Siete años más tarde, Yuri Knórosov, el joven soldado, lograba interpretar el sentido que tenían los extraños símbolos. En un artículo de diecinueve páginas, publicado en la Revista de Etnografía Soviética, aparecieron los fundamentos para descifrar la escritura maya.

Pero Knórosov apenas encontró reconocimiento en la comunidad científica internacional. En medio de la llamada “guerra fría” a los expertos americanos e ingleses les pareció risible que un ruso, que nunca había contemplado personalmente las impresionantes construcciones mayas, hubiera realizado tal logro. Eric Thompson, el famoso experto, consideró el trabajo de Knórosov como uno más de los “adelantos” que los comunistas propagaban falsamente haber logrado. Burlándose había dicho: “Primero (los rusos) inventaron el submarino y el baseball, y ahora presumen de ocuparse de problemas insolubles”.

Poco antes de morir, Thompson le confió al gran antropólogo americano Michael D. Coe: “Yo ya no veré los resultados de las investigaciones que se están haciendo sobre la escritura de los mayas; pero usted vivirá aún y se dará cuenta de quién tuvo la razón; ese maldito ruso o yo.”

Sin embargo, después de 40 años, Coe ha dignificado el enorme esfuerzo del científico de San Petersburgo en su libro Descifrando el código maya.

Para su trabajo, Knórosov se auxilió de un supuesto alfabeto maya, compilado por fray Diego de Landa y de un diccionario del idioma yucateco que se hablaba en el sur de México en el siglo XVI. El alfabeto del fraile había sido encontrado en la  Academia Real de Historia en Madrid, en el año de 1862,  y su descubrimiento alentó la esperanza de poder descifrar, con su ayuda, los escritos mayas. En este alfabeto, las letras latinas encuentran correspondencia con los signos mayas. Pero todos los intentos por aplicar dicho alfabeto a la interpretación de la escritura maya no tuvieron ningún resultado.

Antes de Knórosov se había logrado descifrar algunos símbolos de los extraños escritos. Entre los investigadores que obtuvieron resultados positivos sobresale el alemán Ernst Forstemann, quien al final del siglo pasado pudo explicar el sistema de signos de la numeración vigesimal maya así como los signos de registro del tiempo, que iniciaban desde el 11 de agosto de 3114 a. C.

Forstemann era un lingüista, especializado en los nombres de ciudades alemanas, quien empezó a estudiar los códices mayas como mero pasatiempo. En la biblioteca de la capital de Sajonia, que alberga el códice maya conocido como Códice Dresde, Forstemann pudo señalar la aparición del cero en casi todos los cálculos, así como identificar el período de 584 días del planeta Venus.

Heinrich Berlín, un comerciante de alimentos que había huido de los nazis y se había refugiado en México hizo, igualmente, una contribución importante. En nuestro país, Berlín desarrolló una verdadera pasión por las antiguas culturas prehispánicas. Además de traducir los Anales de Tlatelolco del español al alemán, Berlín logró identificar los emblemas que correspondían a las ciudades mayas.

Pero, Knórosov fue el primero en encontrar la lógica lingüística de la escritura maya. Con su método para descifrar los jeroglíficos ha sido posible entender un 80 por ciento de los escritos localizados hasta hoy en día. Su hipótesis de que el “alfabeto” del padre Landa no identificaba letras, sino que se trataba de un sistema de sílabas, ha encontrado plena comprobación.

El monje franciscano había pretendido que los indígenas le informaran las letras correspondencias al alfabeto latino, pero, en lugar de obtener signos que representaran letras, tuvo como respuesta signos que representaban sílabas. De Landa no se percató nunca de su error.

Gracias al estudio realizado por el soldado ruso fue posible identificar 127 sílabas y 21 vocales de la lengua escrita de los mayas. Esta se lee, por cierto, de derecha a izquierda.

Caído el comunismo en Rusia, en 1991 Knórosov pudo salir por primera vez de su país.  Visitó por primera vez territorio maya en 1990, gracias a una invitación del gobierno guatemalteco, que también lo condecoró con la Gran Medalla de Oro. Después en su visita a México, viajó a Palenque, Bonampak, Yaxchilán, La Venta y Monte Albán. En 1995 el gobierno mexicano le otorgó la Orden del Águila Azteca, que recibió en la embajada de México en Moscú. En 1997 cumplió su sueño de vivir en Xcaret por más de un mes.

Murió el 30 de marzo de 1999 en San Petersburgo, Rusia. En diciembre de 2010 se fundó el Centro de investigaciones mayas Yuri Knórosov, en Xcaret, con el apoyo del gobierno mexicano y ruso.