El Estado soy yo: el ciudadano

Estimado lector, ¿está feliz con las reformas estructurales? ¿Lo convence lo acordado? Pues a mí no. Y le voy a decir por qué. A mí nadie me consultó. Ni siquiera sé cómo votó el diputado que dice representarme. A mí me hubiera gustado que me preguntaran, si quiero que los maestros de enseñanza básica sean evaluados o si estoy de acuerdo en que en México compañías extranjeras vendan gasolina. No es posible que pueda elegir el color de mis calcetines deportivos y en las cuestiones esenciales de mi país no tenga “ni voz ni voto”.

Es cierto que el sistema político del país está diseñado para que sólo sean los diputados y senadores quienes tomen las decisiones, pero sé muy bien que esto no necesariamente debe ser así. Existen países, como Suiza, en que el Estado está verdaderamente en las manos de los ciudadanos.

Si un ciudadano suizo tiene una propuesta a nivel municipal, cantonal o nacional, por ejemplo, aumentar la inversión en educación o permitir los matrimonios entre homosexuales, simplemente recoge un número determinado de firmas y entrega su petición. El gobierno está obligado a someterla a votación. Por ello, el ciudadano suizo casi cada domingo asiste a las urnas. Pero hace esto con mucho gusto. Después de todo él es quien decide las cosas de su país. En las últimas semanas, por ejemplo, se le preguntó si está de acuerdo en que se inviertan mil millones de francos en la infraestructura de ferrocarriles. O si la interrupción voluntaria del embarazo debe ser financiada por el sistema de salud pública. En la boleta se encuentra siempre una pregunta y solamente un sí o un no.

Si existe una propuesta y luego surgió una contrapropuesta, los ciudadanos que están proponiendo alternativas contrarias reciben la misma cantidad de dinero para hacerlas del conocimiento de la opinión pública. En los pueblos pequeños, la votación se hace levantando un bastón.

Lo maravilloso de todo ello es que al ciudadano siempre se le pregunta. En los municipios se pregunta, por ejemplo, si debe construirse una cancha de futbol o deben renovarse algunas escuelas. A nivel federal, se le pregunta si está de acuerdo en que las vacaciones anuales para todos deban durar seis semanas o si el país debe ser miembro de la Unión Europea (ambas iniciativas fueron rechazadas). Así los ciudadanos suizos decidieron hace un par de semanas (62 por ciento) que se mejore la infraestructura ferroviaria y que la seguridad social asuma los costos de la interrupción del embarazo en los tres primeros meses en que está permitido (70 por ciento).

Una vez que se obtienen los resultados de la votación, el gobierno debe preparar una ley que de nuevo es sometida a votación.

Seguramente algunos lectores están pensando en las desventajas de tal sistema de democracia directa, pero en realidad hay poco que temer. Hay quienes piensan que la gente no puede decidir en materia política. Pero, todos los días tomamos decisiones, especialmente en lo que concierne al consumo. Compramos la comida de acuerdo a nuestras posibilidades económicas, gastamos y eventualmente nos endeudamos, y en ello hacemos un ejercicio de racionalidad. Pocos son los que pierden la cabeza y no evalúan los riesgos y los beneficios. Constantemente pensamos que es lo mejor para nuestras vidas, nuestra familias y nuestros bolsillos, ¿Por qué no podríamos decidir qué es lo mejor para nuestra ciudad, nuestro estado y nuestro país?

Además, constantemente estamos dando nuestra opinión o pidiéndola a nuestros conocidos o compañeros de trabajo. ¿Por qué no podríamos dar nuestra opinión sobre temas realmente relevantes?

Por otro lado, nosotros los ciudadanos somos los que mantenemos, vía impuestos, al Estado, ¿por qué no podemos decidir lo que se hace con nuestro dinero? 

Más absurdo que asistir con frecuencia a las urnas es ir sólo cada tres o seis años a cruzar las opciones en una boleta, que nos muestra candidatos que muchas veces no conocemos o, que si alguna vez los vimos en campaña, nunca volveremos a ver. El nuevo diputado será nuestro todopoderoso representante y decidirá en una forma bastante opaca qué se hará con nuestro dinero.

Quienes temen que la apertura a una mayor democracia nos pueda llevar a la dictadura de quienes ni idea tienen de lo que es bueno para un país, debían observar las competencias intelectuales y académicas de los diputados. Me parece que la razón de las masas sigue siendo superior a las capacidades cognitivas que algunos políticos muestran en la tribuna de la Cámara de diputados.

Algunos podrían señalar que cualquier intento por ampliar la democracia en este sentido nos podría llevar a la dictadura de la mayoría, a costa de los derechos de las minorías. Pero la realidad nos ha demostrado que esto no es así. Muchas ciudades, a través del voto ciudadano, han otorgado a los homosexuales el derecho al matrimonio o han legalizado el consumo de mariguana, asuntos que benefician a minorías.   

Desde luego, que decidir implica responsabilidad y conocimiento, pero la única manera de crecer en este sentido, es precisamente, a través de la libertad para hacerlo.

Por otro lado, este es el camino que el desarrollo de la democracia está tomando actualmente en el mundo. Cada vez son más las ciudades o los países que preguntan a sus ciudadanos cuál debe ser la política a seguir. En algunos casos las respuestas son trascendentales. Llama la atención la pregunta que hará el gobierno de Gran Bretaña, a los ciudadanos de Escocia. Este jueves los escoses decidirán si desean continuar siendo parte del Reino Unido o formar un país independiente. Esta cuestión es vital para el futuro de la región. Lo importante aquí es que los ciudadanos podrán decidir libremente lo que desean.

En la región del occidente de México, la democracia directa, por ejemplo, podría permitir que los tonaltecas decidieran si quieren un nuevo teleférico o mejorar los servicios públicos de las zonas más pobres del municipio. Si en Jalisco, los ciudadanos estamos de acuerdo en restringir el presupuesto y el personal del Congreso del Estado. Y si en México queremos aumentar el gasto público en programa no asistencialistas para el desarrollo de las comunidades indígenas, ¿no sería esto un verdadero progreso?