Yo sí me alegré

El domingo pasado Alejandro González Iñárritu obtuvo el Oscar por el mejor guión, mejor dirección y mejor película. Es evidente que esto fue un reconocimiento a su esfuerzo personal. Fue la recompensa  a un trabajo muy duro. Lo que me parece digno de reflexión fueron las numerosas voces que insistieron en que su triunfo no tenía nada que ve con el cine mexicano,  ni con el país. Parecía que estaba prohibido alegrarse. Pero, nadie pone en duda que la película de Iñárritu es producto de la industria de Hollywood. Ni nadie es tan ciego como para no darse cuenta de que tuvo que ir a filmar a otro país, porque aquí no existen las condiciones para hacer las películas que él hace. Pensar otra cosa sería hacerse tonto. El cine mexicano está aún años luz de tener una industria como la de Hollywood.

Lo único que su trabajo tiene de mexicano son esas imágenes y vivencias que nos marcan en la infancia, que tienen que ver con la cultura y que influyen en nuestra labor creativa en la vida adulta. Eso es todo. Pero, ¿a qué se debe tanta voz que recomienda distanciarnos de su éxito y que nos niega el sentimiento de orgullo por un compatriota que triunfa en el extranjero?

Primero hay que mencionar, que alegrarse por la victoria de uno de los nuestros es un proceso con raíces muy antiguas en la evolución de la especie humana. En los tiempos en que la especie antropológica vivía en una pequeña comunidad, el triunfo en la caza o en la guerra significaba realmente la supervivencia de toda la comunidad tribal. Así que había que alegrarse. Estos mecanismos evolutivos son ahora parte de nuestra psicología. En segundo lugar, el entusiasmo acompañado por sentimientos nacionalistas se puede acentuar ante una crisis económica, ante la simpatía que despierta la personalidad del merecedor del  premio o considerando las condiciones tan adversas en las que lo obtuvo. 

De este modo, todo miembro de un país siente orgullo cuando sus atletas o sus futbolistas obtienen medallas o trofeos. ¿No es emocionante cuando vemos subir la bandera mexicana acompañada de nuestro himno porque  uno de nuestros atletas obtiene una medalla de oro en los Juegos olímpicos? Lo extraño sería lo contrario. En México, sabemos que muchos de estos deportistas son entrenados por técnicos de otros países, o definitivamente entrenan en el extranjero. ¿Y esto hace la competencia menos emocionante? ¡Pues, claro que no!

Las condiciones en que ganó Iñárritu no fueron fáciles. Si algún ambiente es difícil es el del cine de Hollywood. Ahí se siguen haciendo las grandes películas que despiertan las emociones en todo el mundo. ¿Se puede imaginar algo más difícil que eso? Aquí, como en las Olimpiadas, sólo ganan los mejores. Hollywood es parte de nuestras vidas. Las películas que todos comentamos y que nos hacen partícipes de una comunidad cultural global se hacen ahí. La mejor película del año es aquella que logra superar a una gran cantidad de filmes muy buenos, aunque seguramente en las votaciones de la Academia las simpatías,  las intrigas y los intereses juegan un papel importante. Así que debemos darnos cuenta de que el triunfo de Iñárritu es realmente relevante. Entonces ¿Por qué no alegrarnos? Uno de los nuestros, con quien compartimos un idioma, una cultura y una manera de ver el mundo fue reconocido en uno de los medios más importantes de la cultura de masas en un mundo globalizado. Claro que esto no tiene nada que ver con el cine mexicano. Pero esto no cambia las cosas. Al contrario sirve para dimensionar mejor su premio. Además, como mexicano, le debió ser más difícil. ¿Acaso no sabemos de la discriminación de los paisanos al otro lado del Rió Bravo?   

De ahí que debamos preguntarnos, ¿De verdad, nuestra sociedad está cambiando tanto que hasta los factores elementales de cohesión no están funcionando? ¿Son sólo los quisquillosos de siempre, -a los que nunca les parece nada- los que insisten en que es absurdo celebrar un Oscar que no tiene nada que ver con México? ¿Ya nos hemos vuelto tan críticos, que ni la alegría resultante de mecanismos de  identificación elementales nos permitimos? Bueno, de ello hablaremos en otra ocasión.      

Este Oscar tuvo, además,  un acento muy especial. En el momento del triunfo el merecedor del Oscar no olvidó sus raíces. No se cansó de mostrar su mexicanidad. Pero, lo más destacado fue su comentario “Rezo porque los mexicanos tengamos el gobierno que nos merecemos”. Si Usted y yo pensamos que nuestros gobiernos dejan mucho que desear, parece no importar. Pero, si lo dice el mexicano que está recibiendo el reconocimiento extranjero como mejor director ante un público televidente de más de 200 millones, esto  seguramente tiene un impacto. 

Su afirmación aumenta la presión social para que el gobierno sienta que no está haciendo bien las cosas. Por ello no es de extrañar que el PRI inmediatamente reaccionara. Sin embargo, su respuesta: “es un hecho que más que merecerlo, estamos construyendo un mejor gobierno”, se vio fuera de lugar. Más bien demuestra que les ofendió lo dicho por el director galardonado.    

Ante esta situación, Sí, ¡Qué  bueno que ganó un mexicano! ¡Qué bueno que en una frase breve pudo manifestar su percepción política! (Sin duda, mostró su inteligencia con la brevedad del comentario) ¡Qué bueno que se acordó de los nuevos migrantes! ¿Por qué no alegrarse?