¡Tapatíos! ¡Al ataque!

Hace poco leía el texto de una antropóloga que señalaba cómo la cultura del mariachi había sido desplazada por la cultura de la banda como referente de la identidad nacional. El imaginario popular ya no recurre a una cultura que le proporcionó elementos para componer música, cortejar mujeres o incluso hacer obras gloriosas en el cine nacional. Su lugar lo ha tomado un híbrido venido del norte cuyos elementos técnicos son francamente muy pobres. ¿Cómo comparar la galanura del traje de charro -sobre todo si lo luce Alejandro Fernández- con el pantalón vaquero y la camisa “de cuadritos” de los cantantes de banda? ¿Cómo comparar la música de un buen mariachi, que mostró ser capaz de asimilar piezas de música clásica, con esa música plana que no tiene ni altos ni bajos? ¿Cómo comparar la letra del “Son de la Negra” con los anodinos textos de la música de banda? (La letra dice así: “A todos diles que sí, pero no les digas cuándo, así me dijiste a mí, y por eso vino penando”). 

¿Se imagina Usted el espectáculo del Ballet de Amalia Hernández alcanzando su clímax con algo que no sea la música de Jalisco? 

¿Por qué le escribo esto? Pues porque precisamente la idea de lanzar la marca “Guadalajara”, una campaña que acaba de arrancar el Gobierno estatal junto con los ayuntamientos de la zona metropolitana de Guadalajara, tiene que ver con recuperar algo del lugar perdido. Sí, ya sé que no se trata de resucitar lo que alguna vez fuimos, pero sí de vender una ciudad, una identidad y un modo de ver la vida, que es muy nuestro. ¿Pero cómo lograr “esto”? 

Pues, para ello se requieren muchas cosas. Aquí solamente quiero mencionarle dos:

Para empezar, primero hay que recuperar la belleza de la ciudad.  Eso significa cambiarle el rostro a esas innumerables fachadas llenas de grafiti. No podemos hacer rentable la belleza de la urbe mientras una enorme cantidad de casas lucen garabatos.  Me ha llamado la atención en los últimos años cómo las cámaras que vigilan la Ciudad de México pueden documentar una gran cantidad de delitos.  ¿Por qué no instalamos algunas para, por fin, atrapar a esos grafiteros que han hecho de la ciudad su pizarrón (o su “Tablet”).

En segundo lugar debemos recuperar el conocimiento de nuestra historia. Así que empecemos por los orígenes.

La ciudad y sus inicios  

Con este fin quisiera relatarle algo. ¿Sabe que si Usted es un tapatío de pura cepa por su vena corre sangre portuguesa, andaluza, tecuexe, coca (de los indígenas cocas) y hasta afro-americana (Sí, ya sé que a más de alguna de las señoras del club de las buenas conciencias ya le dio hipo). Permítame explicarle. 

Cuando nuestros padres fundadores todavía se encontraban en Tetlán, se publicó un bando para que todos los que quisiesen poblar la nueva ciudad comparecieran ante el Gobernador, se formara un padrón y se repartieran los solares (los terrenos, pues). Se inscribieron sesenta y tres vecinos, de los cuales 16 eran castellanos, 6 extremeños, 11 vizcaínos, 13 andaluces, 9 montañeces y 8 portugueses.

“Muy a los principios” había en el valle de Guadalajara, cuatro poblaciones muy cercanas entre sí: Guadalajara, Mezquitán,  Analco y Mexicaltzingo. Estas poblaciones eran independientes una de otra, cada una tenía su propio gobierno. Guadalajara tenía título de ciudad, pero sólo la ciudad de los españoles, los otros tres eran pueblos de indios. El más antiguo fue el de Mezquitán, “lugar de mezquites”, que ya existía cuando llegaron los españoles. Lo habitaban indios tecuexes (te… ¿qué…?)

El segundo pueblo fue fundado en 1540  por el virrey de Mendoza y sus primeros habitantes fueron indios mexicas y algunos tarascos. 

Al fundarse Guadalajara en su actual sitio, el Padre Segovia cambió el convento que tenía en Tetlán  a un sitio en donde después de construyó el templo de San Sebastián de Analco. Los indios de Tetlán, al ver que los religiosos abandonaban el sitio, se mudaron con ellos.

En 1667, se suprimieron los corregimientos de Analco y Mexicaltzingo, como pueblos independientes, y se incorporaron definitivamente a Guadalajara.

De la unión de estos pueblos se formó la ciudad y de la fusión de las diferentes razas y de la mezcla de sus sangres se empezó a formar el pueblo tapatío, así lo escribe Arturo Chávez en sus crónicas.

En 1606, había en Guadalajara 60 familias. Se calcula que 173 vecinos eran vecinos, hombres, más sus mujeres, hijos e hijas, lo que daba un total de quinientas personas españolas. Los indios de Analco habían subido hasta tres mil y los de Mexicaltzingo, en cambio, habían bajado hasta sesenta. Pero, el número de mulatos y negros y esclavos era para ese entonces ¡de más de quinientos!    

La unión de la raza conquistadora con las conquistadas dio origen a los mestizos que poblaron la ciudad. Claro que también había españoles de raza pura, pero la fuerza de las hormonas, siempre presente, hicieron de esta ciudad un saludable batidero. Muchos afro-novohispanos no se  reprodujeron debido a la pobreza de su condición, pero la herencia genética de muchos de ellos terminó por mezclarse con la de los demás. Así que la Guadalajara que hoy se lanza por reafirmar su identidad es originalmente pluricultural.