Sherazade y los reyes encuerados

Había una vez un sultán que gobernaba un reino lejano. Cada día era visitado por una mujer del pueblo, que él luego despreciaba. Un día fue llevada al palacio Sherazade. Para prolongar su estancia al lado del sultán Sherazade empleó toda su astucia. Y pronto se hizo necesaria, al incrementar aquello que al sultán más le interesaba: la riqueza. En el reino de Ovni-like se veneraba a la chiva sagrada. Un extraño animal capaz de despertar las emociones más extremas con solo verlo. El culto consistía en un enfrentamiento entre los mejores once del reino contra los representantes de otros reinos, en un espacio inmenso llamado está-dios- ovni- like. Además, en el reino del sultán se producían unos extraños brebajes que tenían el efecto de vigorizar el cuerpo.

Pero los habitantes de ese país pronto empezaron a dividirse entre los partidarios del sultán y los protegidos de Sherazade. A muchos no les agradaba el trato autoritario que distinguía a la favorita del rey. ¡Córtale el pescuezo al entrenador! ¡Manda a la podóloga a seducir al extranjero! ¡Despidan a fulano inmediatamente! eran algunas de sus órdenes más frecuentes. Pero el reino se dividiría aún más.

Sherazade no conocía la mesura. Su boda con el sultán sobrepasó los límites de la imaginación. Se necesitaron miles de alfombras para transportar a los invitados de muchos países al lejano reino de la India. Durante largos días hubo fiestas comidas, procesiones y bailes en jardines y palacios. Los invitados, en saris y kurtas, disfrutaron los sonidos divinos y las lluvias de pétalos que enmarcaban los lujosísimos banquetes.

Cada vez que Sherazade cumplía años, el pueblo se preparaba para presenciar nuevas excentricidades. Cuando cumplió 51 años, las fiestas fueron en un lejano reino ruso. En el  marco de un palacio, los invitados tuvieron poco que envidiarle a la antigua nobleza del lugar.

Cuando Sherazade cumplió 50 años las fiestas fueron en el reino de las góndolas. Y el festejo principal, un baile de máscaras, en el palacio del hombre más rico de Francia. Cuando llegó la hora del postre, apareció en el escenario el músico más famoso de todo el universo, un extravagante inglés.   

En el reino del sultán había libertad para que cada quien se casara como quisiera. Y cada quien podía festejar su cumpleaños como se le antojara. Aunque tampoco había reglas que prohibieran el ridículo. Pero ese reino se encontraba inmerso en una región muy, muy pobre. Así que Sherazade no gozaba de las simpatías de todos los habitantes de la región, que la consideraban una despilfarradora. 

Además, a los participantes del culto a la chiva sagrada no les agradaba. Decían que tomaba decisiones en aquellos ámbitos mágicos que solo los sacerdotes entienden y que ahora se llaman las reglas del futbol.

Pero un día el amor acabó. El sultán dijo que le faltaban muchas monedas de oro y que Sherazade las había tomado. Además, que había asignado a un esclavo para espiarlo todo el tiempo. Ella ya no volvió al reino. Los más preocupados fueron los adoradores del animal sagrado. ¿Qué iría a pasar con las batallas en el pasto bendecido por los dioses, contra los seguidores del culto al águila y el culto al zorro? Sherazade era dueña de la mitad de los lugres sagrados. Pero eso será motivo de un cuento que todavía no termina.         

Los reyes encuerados

Había una vez un reino lejano, gobernado por una elite corrupta. Para transitar, para vivir en algún lugar o para abrir una tiendita, había que pagar monedas de oro. Todas ellas iban a los cofres de los gobernantes. Pero ellos no eran la gente más mala del reino. Los había peores: sus hijos.

Como sus padres tenían mucho oro y su destino estaba asegurado, los futuros reyes se dedicaban a gozar la vida. Desde sus palacios o desde las ventanas de sus lujosos carruajes, los futuros reyes veían la vida como un escenario para el placer. Un día se dejaron pintar como un gran jurado que decidía sobe las jóvenes bellas del reino. Ellos estaban ahí para decidir sobre la vida de los otros. 

Un día llegaron al reino dos sastres y les vendieron a los reycitos unos trajes marca Luis Aventón. Cuando los reycitos preguntaron por qué no podían ver los trajes, los sastres aseguraron que eran finísimos y que solamente los podrían ver los inteligentes y nobles de corazón. Como los reycitos eran bastante tontos, de inmediato dieron fe de la gran calidad de los nuevos “trajes”. Además, eran Luis Aventón. De modo que en el próximo desfile del reino los lucirían. Con lo que no contaban los reycitos, era que, aunque los pobres eran bastante pobres, habían conseguido hacerse de un pincel mágico. Solo había que poner dicho pincel sobre un pergamino y éste por sí solo hacía un dibujo inmediato de la realidad.

Llegó el día en que los reycitos debían participar en el desfile del reino con sus nuevos “trajes”. Así que desnudos montaron sus caballos. La gente, desde luego, empezó a reírse de ellos, pero pronto circuló el rumor de que solo los inteligentes y los nobles de corazón podían ver los trajes. Sin embargo, el niño que poseía el pincel mágico logró que éste los dibujara, tal como iban: desnudos. Y un pincel mágico no puede equivocarse. Así  que todos empezaron a reírse de los reycitos. Desde entonces, los reycitos han sido captados en innumerables actos de soberbia, insensibilidad y torpeza, por modernos pinceles mágicos, llamados celulares. ¿Cambiaran algún día? Eso, también es parte de otro cuento.