Psicología de los insultos en los estadios (Parte 1 de 2)

Parte de la magia del futbol reside en la libertad que existe en los estadios de romper convenciones. En la cancha o en la tribuna se permite lo que en otras esferas de la vida está prohibido o incluso es tabú. En el campo de juego, se aceptan acciones violentas, que obtienen el reconocimiento de los aficionados como “entradas fuertes”. Pero, no sólo se admite una fuerte dosis de agresividad en las jugadas, sino también la expresión de emociones y sentimientos en la cancha, algunos con un claro acento erótico. Existen muy pocos espacios, en los que se permite tanto contacto corporal entre hombres como en el futbol. Los abrazos y muestras de afecto, como los que se observan cuando los jugadores festejan un gol, son tabú en otros lugares. En el caso de la derrota, aquí se vale llorar juntos y consolarse. Además, en algunos estadios no hay ninguna restricción para que el goleador celebre su triunfo quitándose la camiseta y mostrando sus músculos. 

También en la tribuna, ocurre algo similar. Ahí se renuncia a una parte de la individualidad para mezclarse emocionalmente con la masa, lo que disminuye evidentemente el control racional de los actos y mueve al espectador a hacer cosas que generalmente no haría. El anonimato y la falta de responsabilidad de la masa influyen para que el sentimiento de responsabilidad que pone límites a la conducta del sujeto desaparezca totalmente. En este sentido, quienes ocupan las butacas caras no se comportan mejor que los aficionados en las últimas gradas, ni los cuarentones y cincuentones muestran una mayor civilidad que los jóvenes.

En el contexto de un estadio, la mayoría de los aficionados participan de los insultos al árbitro y a los jugadores del equipo contrario. Mientras no estén acompañados de violencia física, los gritos ofensivos no son considerados como una trasgresión a las normas en el estadio. Algunos factores aumentan la intensidad y la frecuencia de estos actos, como el consumo de alcohol, la proximidad corporal entre los aficionados y el ruido. Aquí se permite que un ciudadano recto y ejemplar pierda sus inhibiciones y se convierta en un gritón malhablado.

Un experimento realizado por el psicólogo social Philip Zimbardo buscó precisar en 1969 los cambios en la personalidad de sujetos que en su vida diaria seguían con rigor las normas sociales, pero que, bajo ciertas circunstancias, se comportaban de manera agresiva. Zimbardo  llegó a la conclusión de que, efectivamente, en medio de la masa, se desvanecen las normas sociales y se presenta una perdida de la responsabilidad individual, lo que induce a las expresiones de violencia. En el estadio, la simple diferencia entre el grupo de aficionados y el equipo contrario es suficiente, para que los espectadores recurran a insultos y burlas. Lo interesante es que algunos estudios han probado que nadie, absolutamente nadie, se excluye de esta situación; todos los espectadores, de menos, terminan cantando textos en que el equipo contrario es objeto de burla. Desde el experimento de Zimbardo sabemos que incluso los más civilizados y cultos miembros de una sociedad, pueden, bajo estas condiciones, hacer cosas realmente extrañas, como gritarle  puto al portero rival en un estadio.

Pero, lo interesante es observar que esta forma de violencia verbal es bien admitida. En los estadios alemanes, por ejemplo, cuando juega el Bayern Múnich como equipo visitante, es casi una obligación para los aficionados del equipo de casa cantar una canción, con el ritmo de Yellow Submarine, de los Beatles, que dice en repetidas veces: “¡Quítale los pantalones a los jugadores del Bayern!”. Y hasta ahora, a nadie le ha molestado esto. En general se admite que las ofensas están en relación con las jugadas en la cancha y las emociones que despiertan.