¡Perdón vida de mi vida, perdón si es que te he faltado. Perdón cariñito amado, ángel adorado, dame tu perdón…!

Las mexicanas sabemos muy bien que cuando un hombre pide perdón, en realidad lo que pretende es aligerar su conciencia para seguir haciendo lo que ha venido haciendo.  Como los hombres intuyen muy bien esto, buscan darle fuerza a su dudosa solicitud fortaleciéndola con una buena serenata o un regalo. Muchas veces un espantoso peluche.

Pero como no queremos vivir eternamente en el enojo, simulamos que perdonamos (ya llegará la hora de la venganza). 

Sabemos muy bien que quien solicita el perdón no cambiará sustancialmente su conducta, pero le damos la oportunidad de que desista (de menos temporalmente) de lo que ha venido haciendo y muestre algo de arrepentimiento. Desconozco cómo es el perdón masculino, pero el femenino está lleno de escepticismo.  Lo que en ocasiones hacemos es ponerle un buen precio al retorno de la armonía.  (Sí, una es bastante malvada y piensa ¿Qué me voy a ganar con perdonarlo?) Así que le subimos la presión al asunto y nos las ingeniamos para que al solicitante del perdón el asunto le salga caro.  Crecimos en la tradición católica, donde el perdón se negocia en el confesionario.  

¿Por qué le escribo esto? Pues porque en días pasados el presidente de la República pidió perdón a los mexicanos por el escándalo de la “casa blanca” y porque, me parece, que el análisis de la recepción de tal solicitud debe enmarcarse, primeramente, en la tradición cultural de pedir perdón y darlo.  

Si tenemos presente que, para la percepción femenina, el pedir perdón es un acto un poco teatral con un fondo dudoso, es claro que la acción del presidente no puede aspirar a tener un éxito notable. ¿Qué mujer en este país va a creer en su “arrepentimiento”? ´ 

A mí en lo personal, la adquisición de la “casa blanca”, en sí, no me molestó mayormente, aunque ésta se hubiera dado en condiciones moralmente cuestionables. Lo que me pareció insultante fue el mensaje de la primera dama, haciéndonos creer que el monto de la compra provenía exclusivamente de sus ingresos como actriz, cuando muchos actores dudaban de que sus actuaciones hubieran sido retribuidas con sueldos tan altos. (Y cómo olvidar, cuando en el video nos saludó “mexicanos: …”). Más lamentable fue todavía la comisión que se le dio al Secretario de la Función Pública, Virgilio Andrade, un subordinado del Ejecutivo, para que valorara si se había cometido un delito con la adquisición de la casa. Las farsas son buenas en el teatro, pero en la política sólo logran indignar a los ciudadanos. 

Pero, lo que desmerece rotundamente el acto de pedir perdón que hace el presidente es el contexto en el que se da. ¿A Usted le importa que la pareja presidencial se compre una residencia cuando lo realmente ultrajante en estos momentos es la enorme corrupción de los gobernadores, que ha salido a la opinión pública últimamente?   

¿Por qué el presidente no pide perdón por el hecho todavía más detestable de que los gobernadores, principalmente de su partido, se vayan con las manos llenas? ¿Qué no se dan cuenta sus asesores que el motivo de mayor coraje en la población son los estratosféricos robos que realizaron los gobernadores en muchos estados del país?

¿No es realmente indignante que, mientras cerca de la mitad de los mexicanos viven en pobreza, los gobernadores conduzcan su existencia como sultanes? ¿Y qué decir de las enormes deudas en que dejan a los estados? 

Nadie puede creer que los saqueos de las arcas públicas se hayan realizado sin la complicidad de las autoridades de Hacienda, y por lo tanto del poder Federal. El presidente se acerca al confesionario a pedir perdón por el pecado venial y deja los pecados graves en el silencio.

Si el presidente realmente pretende mejorar su imagen y detener la precipitada caída de su popularidad (en diciembre se vaticina que más del 70 por ciento de los mexicanos no estarán de acuerdo con su desempeño), le convendría, en lugar de pedir perdón por su suntuosa morada, meter a la cárcel, de una vez por todas, a los corruptos.

Claro que hay una enorme cantidad de problemas que han rasgado la figura presidencial, pero nada ofende más a los mexicanos, que contemplar que su salario apenas alcanza, mientras que el poder sigue presumiendo sus privilegios y los gobernadores, con descaro, su riqueza mal habida.