¿Son el PAN y el PRD partidos democráticos?

Hasta hace algunas semanas el PAN podría presumir de tener estructuras partidistas más o menos democráticas. Esto era producto del equilibrio entre sus fuerzas políticas. Después de las derrotas de algún grupo en sus elecciones internas, en asambleas o convenciones, el grupo vencedor hacía algo llamado “operación cicatriz”, que consistía, sobre todo, en ofrecer posiciones políticas a los derrotados. De este modo, cuando el partido entraba a las campañas electorales podía presumir de unidad. Pero esto pertenece al pasado.

En estos días, el grupo alrededor de Gustavo Madero consideró que no hay motivo para sujetarse a esas reglas y prefirió acaparar las candidaturas plurinominales, arriesgando escisiones, renuncias o duros cuestionamientos del grupo vencido. Pero dejar fuera a Margarita Zavala deja muy mal parado al dirigente panista, sobre todo, porque la esposa del ex presidente es una figura bien vista por el electorado. Gustavo Madero se escucha cínico cuando argumenta que él no participó en la elección de los candidatos de las listas a diputados plurinominales que presentará el PAN en las elecciones de julio. Nadie le cree. Su regreso a la dirigencia panista lo hace ver como un político ambicioso y calculador, ajeno a la conciliación, y, en cierta medida, como un terco aferrado al poder, curiosamente parecido al dictador que su ancestro con valor enfrentó. 

El riesgo político para Madero es iniciar las campañas electorales con un partido dividido. Y todo parece indicar que así será. Hace unos días, el ex presidente Felipe Calderón, en una entrevista, lo criticó abiertamente. Y el senador Javier Lozano también rechazó públicamente su regreso.

Los asesores políticos consideran que toda campaña electoral está determinada por cuatro factores: el candidato, el partido, la campaña y la coyuntura. Evidentemente que con candidatos débiles, la imagen del partido adquiere más peso. De modo que si Acción Nacional se presenta como un partido dividido, la derrota está más que anunciada. Acción Nacional no tiene en estos momentos liderazgos atractivos, personalidades convincentes o políticos “de altura”. No hay un Diego Fernández de Cevallos, -que si bien es una figura que puede dividir opiniones, es un político franco y entrón-  ni están los intelectuales o políticos que alguna vez, en el inicio, apoyaron a Fox. Tampoco las grandes figuras panistas tienen papeles protagónicos. Y ni siquiera el Partido ha reintegrado a Josefina Vázquez Mota. 

En el PRD la situación no es muy diferente. Los llamados Chuchos, Jesús Ortega y  Jesús Zambrano, se han apropiado del partido de tal manera que las tribus restantes apenas logran posiciones políticas. Los líderes de los Chuchos tampoco son carismáticos, inteligentes o visionarios. Y las divisiones están a la orden del día, pues otras opciones de izquierda les tienen la puerta abierta a los disidentes.

En este contexto quisiera referirme a la salida de Alejandro Encinas. Pero antes quisiera traer a la memoria lo ocurrido hace algunos años. En 2010, la Procuraduría de la Administración calderonista dio a conocer una grabación entre la Tuta,  -sí, el líder de los Caballeros Templarios en Michoacán que todavía no aparece- con un joven electo diputado, sobrino del Gobernador perredista, llamado Julio César Godoy. En dicha grabación la Tuta lo llamaba “hijo” y le aseguraba su cabal apoyo. Para que el joven diputado en ciernes pudiera gozar de fuero y no fuera arrestado por la Policía Federal, por sus evidentes vínculos con el narcotráfico, era necesario que hiciera su protesta en la Cámara.

En aquel entonces, Encinas era el coordinador de su fracción en el Congreso. Una vez que el vice coordinador, Guadalupe Acosta Naranjo, introdujo al joven al palacio legislativo en su lujosa camioneta negra, Encinas lo mantuvo escondido por dos días en su oficina. Los noticiarios nocturnos mostraron las grabaciones provenientes de las cámaras del estacionamiento del recinto parlamentario en el momento en que Encinas recibe al joven. Después fue necesario un juicio de desafuero para poder llevarlo a juicio por sus nexos con el narcotráfico.

Lo inaudito es que ahora Alejandro Encinas abandona su  partido argumentando que se trata de “un asunto de mayor envergadura ante la descomposición política que ha quedado en evidencia con acontecimientos como los de Iguala, Guerrero; en Soledad de Graciano Sánchez, San Luis Potosí, y en otros municipios”, donde los alcaldes perredistas han sido encarcelados por vínculos delincuenciales. Y agrega que su renuncia es una condición inherente para recuperar un proyecto político que ha perdido credibilidad. (¿Por qué será?)

Ante estos hechos, lo más probable es que Encinas se vaya del PRD porque también ocurre lo que ahora está sucediendo en el PAN. Un grupo se ha adueñado del partido y le cierra posibilidades a quienes no le juran una lealtad incondicional. Las personas que lo arroparon en su despedida tuvieron un destino similar: Cuauhtémoc Cardenas, Ifigenia Martínez y Marcelo Ebrard. Curiosamente integrantes de la corriente democrática que en 1989 fundó el PRD. 

Lo triste de estos dos casos es que ponen en evidencia un proceso que está debilitando a la oposición, en los momentos en que más se le requiere. Nuevas generaciones de políticos han formado grupos monolíticos que impiden cualquier juego democrático. Ellos son los dueños de los partidos y ya. Poco respeto hay por sus figuras emblemáticas, por aquellos que les pueden aportar un mayor número de votos, por los que todavía tienen algo de moral. La razón última es la falta de convicción democrática de sus miembros, que permite esta dinámica. En otra ocasión hablaré del PRI.