Guadalajara, la inculta

Mientras que en casi en todo el orbe las ciudades se empeñan en rescatar, cuidar y proteger los monumentos que les heredaron las generaciones pasadas, aquí mostramos nuestra incultura empeñándonos en destruir todo lo que huele a viejo. Pareciera que por nuestras venas corre una especie de barbarie, que busca negar lo que tiene importancia cultural. Ya sé que duele vernos al espejo. Lo peor es que hemos sido incapaces de construir algo que medianamente compita con lo que alguna vez definió a la ciudad como “la Florencia de América”.

Hace algunos días se desplomó un pedazo más de la llamada casa Baeza, uno de los pocos edificios del siglo XIX. La ruina sigue tirada, en medio de un paraíso futurista, que supuestamente algún día se construirá. Hace algunas semanas una finca también con valor histórico fue demolida a en la colonia Chapalita. Y así pudiera enumerarse una larga fila de destrucciones.

A fines de los años cuarenta, el gobernador Jesús González Gallo aprobó el plan que permitía la construcción de la llamada Cruz de plazas, lo que significó la destrucción prácticamente de una buena parte de los edificios más significativos de la ciudad. Para muchos, el arquitecto Ignacio Díaz Morales debe pasar a la historia como un mutilador del corazón histórico de la ciudad. Si bien es cierto que Guadalajara ganó espacios libres que permiten apreciar lo que quedó, también es cierto que las plazas para “ir a sentarse en balde” (como él mismo decía) pudieron construirse a cierta distancia del centro. Además, ninguna generación tiene derecho a destruir lo que generaciones anteriores con esfuerzo construyeron y tiene un alto valor histórico o arquitectónico. De no ser así, podríamos justificar que nuestras pirámides se volvieran piedras para otras construcciones, como hicieron los españoles en el siglo XVI.  

Otra desgracia para la ciudad fue precisamente su riqueza en los años cincuenta. Cuando las clases medias y altas empezaron a tener dinero, sustituyeron sus casas tradicionales con construcciones funcionalistas, un estilo que no destaca por su creatividad, ni tampoco por otorgar identidad a algún centro urbano, pues es de origen estadunidense y no admite elementos regionales. 

El tercer gran periodo destructivo en Guadalajara fue a finales de la década de 1970 cuando  se erigió la Plaza Tapatía. La antigua plaza de toros y el coliseo dejaron su lugar a una fila de deplorables edificios, que, como fantasmas, todavía buscan alguna utilidad como oficinas, vivienda, o negocios. Lo peor de esta zona central son esas callecitas a los lados, llenas de basura y que huelen a orines.

Junto a estos periodos, la destrucción del edificio que se encontraba frente a la Rectoría de la Universidad de Guadalajara, en Av. Juárez y Enrique Díaz de León, y que albergaba a la Escuela de Trabajo Social y la Escuela de Música fue un verdadero trauma, pues en esos años empezaba a crearse cierta conciencia del valor patrimonial.  Una noche, sin permiso alguno, las máquinas comandadas por el entonces rector, Enrique Zambrano Villa, demolieron uno de los edificios más bellos de la ciudad. En su lugar, se construyó esa mole de cemento que nadie aprecia y que rompe con el paisaje urbano.    

Mientras en Europa, cada centímetro de patrimonio histórico es celosamente cuidado y protegido, aquí los edificios antiguos molestan, perturban. Pero no solamente allá existe una cultura que valora las construcciones históricas, quienes hayan podido visitar ciudades mexicanas como Zacatecas, Querétaro, Campeche o Aguascalientes han  comprobado cómo han mejorado en los últimos años su fisonomía urbana, rescatando su patrimonio histórico.

Esto las ha hecho muy atractivas para el turismo. Resulta ridículo que los tapatíos regularmente discutamos con cuál invento podemos lograr que los turistas se queden un día más, mientras que a la vista de todos está claro que son los edificios antiguos los que mayor potencial tienen para atraer turismo. ¿A qué viaja uno a París, Londres o Madrid, si no es para deslumbrarse de sus museos, castillos e iglesias?  

Pero hay dos cosas que es necesario tener presente cuando se trata del rescate del patrimonio arquitectónico.

Primero, que la autoridad responsable de conservar y restaurar el tesoro urbano debe hacer su trabajo. Mientras en este país nadie tenga que pagar una multa significativa o vaya a dar a la cárcel por destruir el patrimonio, todo seguirá igual. Si el INAH sigue jugando al cieguito, ¿qué sentido tiene lamentarnos de las demoliciones? Nadie podrá asegurarnos que las pirámides, las iglesias barrocas, las fincas con valor patrimonial, etc., puedan seguir de pie.

Por otro lado, el Ayuntamiento debe cumplir su función y asegurarse por medios jurídicos y técnicos de que la ciudad conservará lo poco que tiene. Si continúa dando permisos  a las constructoras, que destruyen las viviendas con valor patrimonial, en lugar de multarlas, es evidente que la codicia inmobiliaria terminará por dejarnos literalmente sin edificios significativos.    

Y, finalmente, hay que insistir en que hacen falta organizaciones civiles que se involucren en la defensa de la ciudad. Como es conocido, Jacobo Zabludovsky, recientemente fallecido, logró convocar a una serie de personalidades dispuestas a invertir y proteger el centro histórico de la ciudad de México. ¿Por qué no formamos una asociación que contribuya aquí a evitar más deterioro, más impunidad, más decadencia? Si queremos que la ciudad ocupe un lugar entre las ciudades con belleza arquitectónica debemos primero limpiar el centro, modificar las fachadas monstruosas, conservar lo que tiene valor patrimonial, retirar el grafiti, y, de ser posible,  reponer lo que algún día llenó de orgullo a sus habitantes.