Gilberto Bosques, orgullo de la diplomacia mexicana

En el artículo del domingo anterior recordaba a uno de los hombres más brillantes de la diplomacia mexicana, quien con mucha inteligencia, tacto  y valor logró salvar la vida de miles de españoles, alemanes, judíos, etc., durante los primeros años de la Segunda guerra mundial. Con el fin de difundir más datos sobre la vida de este hombre singular, me gustaría continuar presentando su historia.

Encargado del consulado de México, en Marsella,  Gilberto Bosques se las ingenió para salvar cuantas vidas pudo. No sólo extendió una gran cantidad de visas, sino también de salvoconductos que les permitieron a muchos perseguidos de muy diversas nacionaldiades poder vivir y moverse en Francia. Con sus peticiones ayudó a sacar alemanes detenidos en campos de concentración franceses. Ocultó y protegió a judíos. En algunos casos, arriesgando su propia vida, acompañó a refugiados seriamente amenazados hasta la barandilla de acceso al barco, que los traería a México.  

Después de que el Tercer Reich decretó las primeras leyes que condujeron a la captura y deportación de judíos de Francia hacia los campos de concentración alemanes, el 3 de octubre de 1940, Gilberto Bosques se las arregló para esconder a algunos judíos, documentar a otros y darles facilidades para salir de Francia, lo cual era sumamente complicado. En ocasiones en desacuerdo con los responsables de la política migratoria de la Secretaría de Gobernación y de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que se oponían a que judíos llegaran a México. La identidad mexicana parece que requería de católicos puros y los políticos de entonces estaban dispuestos a protegerla. 

Entre el verano de 1940 y la primavera de 1942 cientos de alemanes, austriacos y checoslovacos pudieron viajar a México. No se conoce con precisión cuántas visas otorgó el consulado de México en Marsella, ni mucho menos cuántas vidas pudo poner a salvo. A partir de la ruptura de las relaciones entre México y Francia, en noviembre de 1942, se tomó la decisión de quemar el archivo para evitar que cayera en manos de los alemanes. Se estima que cerca de 80,000 personas recibieron los documentos migratorios que autorizaban su entrada a México, más de la mitad de ellas eran españoles republicanos. 

No todos los que tenían documentos válidos arribaron a México. Dificultades para embarcarse, la falta de visas de tránsito para países por los que debía pasarse, barcos de pasajeros llenos, fueron algunos de los impedimentos. Muchos otros fueron aprehendidos por la policía y entregados a la Gestapo. Algunos utilizaron las visas mexicanas para salir de los campos de concentración y unirse a los movimientos de resistencia o para emprender el viaje a Estados Unidos o a otros países.

Después de cuatro años de intensa labor de salvar vidas, la sucesión de eventos políticos pusieron fin a la actividad de Bosques y el consulado mexicano en Marsella. La entrada de México en la Segunda guerra mundial, en mayo de 1942, ocasionó el cierre de las fronteras de toda inmigración no americana. Debido al hundimiento de los barcos mexicanos, Potrero del Llano, la noche del  13 de mayo de 1942, y Faja de Oro, el 20 de ese mismo mes, por los submarinos alemanes, el Congreso de la Unión decretó el estado de guerra entre México y las potencias del eje: Alemania, Italia y Japón.

El 18 de noviembre Gilberto Bosques y su familia, junto con todos los colaboradores de la embajada, fueron entregados a la Gestapo, a pesar de que habían recibido la promesa de que regresarían a México. El 13 de febrero de 1943, fueron llevados a Bad Godesberg, en Alemania  y alojados, junto con las  representaciones diplomáticas de ocho países latinoamericanos, en el Hotel Dreesen sobre el Rin, cerca de Colonia, donde permanecieron recluidos más de un año. Ahí durante muchas noches, presenciaron los bombardeos aliados a la ciudad alemana.

A principios de 1944, la cancillería mexicana, con el apoyo del gobierno de los Estado Unidos, consiguió intercambiar un número de alemanes, predominantemente marineros, internados en el Fuerte de Perote, por los mexicanos recluidos en Bad Godesberg.. Los diplomáticos mexicanos viajaron a Biarritz, y de ahí en tren a Lisboa. Ahí les esperaba el barco de bandera sueca, el Gripsholm, que transportaba sobre todo heridos de guerra norteamericanos que volvían a su país.

Después de desembarcar en Nueva York, unas limusinas llevaron al grupo de mexicanos a su hotel, el Waldorf Astoria, donde se organizó una recepción en reconocimiento a la ayuda que habían brindado a tanto perseguido. Los ferrocarrileros pusieron a disposición de los diplomáticos mexicanos un vagón sin costo, para su largo recorrido a la Ciudad de México. El tren llegó con ocho horas de retraso a la estación Buenavista, donde los esperaba una multitud de diversas nacionalidades. Los exiliados los llevaron en andas, gritando “vivas” en agradecimiento de que habían logrado salvar la vida gracias a las gestiones del consulado de México en Marsella. Posteriormente, los diferentes grupos de nacionalidades organizaron reuniones y comidas en honor de Gilberto Bosques. Agradezco a Laurita Bosques y a Renata von Hanffstengel la información que me proporcionaron.