Espejito, espejito, ¿Quién es la más bonita del reino?

Había una vez una reina mala en un país muy lejano. Todo lo que le importaba era su belleza. Cada día se despertaba y le preguntaba a su espejo, quién era la mujer más bella del reino. El espejo le aseguraba que era ella. –“Usted, majestad. No hay nadie tan bella como Usted”-, decía el espejo. Esta reina era conocida como la reina roja a partir del día en que asistió con un vestido rojo a un lujoso baile, ofrecido por la reina de un país más allá del mar. El vestido había costado muchas, pero muchas monedas de oro, que habían salido de los bolsillos de sus súbditos. Unos pobres campesinos que fueron obligados a entregarlas. Pero a la reina mala eso no le importaba. Pensaba que todos aquellos que vivían afuera del palacio eran solo “un montón de enanos”. Por cierto, su palacio –cuentan- era blanco, muy blanco. Y tenía todos los lujos que uno se pueda imaginar.

La reina mala odiaba a Carme-Nieves. Ella era una bella periodista que luchaba por hacer del reino un mejor lugar para vivir. Era muy trabajadora y amaba la verdad. De modo que la reina mala buscaba la manera de silenciarla. Un día le pagó a un leñador para que se deshiciera de ella. Como muestra de haber ejecutado la orden, el leñador debía traer su corazón. El leñador no pudo hacerlo, porque Carme-Nieves era muy querida por todos. Con su esfuerzo se había ganado la simpatía y el respeto de los “enanos del reino”. Así que el leñador le presentó el corazón de otro ser. Pero, como en aquel reino no faltan los traidores, y más si viven dentro de los espejos, la reina mala supo que Carme-Nieves seguía con vida y mandó silenciarla de una vez por todas.

De esta manera, la reina mala, una verdadera bruja, logró vengarse. Pues Carme-Nieves había dado a conocer los lujos de su palacio blanco.

Los enanos del reino no lo podían creer. Lloraban y lloraban a su querida Carme-Nieves. Estos enanos eran unos pobres mineros que vivían en medio del bosque. Unos eran felices, otros, eran medio tontines, otros eran gruñones y otros más, muy dormilones, pero todos amaban a quien consideraban su princesa.

Desde entonces, ya no se escucha la bella voz de Carme-Nieves. Todos los del reino esperan que un día un príncipe venga a despertarla y arroje al desPEÑAdero a la bruja mala. En ese reino, los enanos aún esperan que la justicia se asome por sus bosques y sus lagos. Y si aún no han muerto, de seguro siguen esperando.

Cuento dos

Había una vez un títere llamado Pinocho. Se movía conforme los hilos de quienes lo manejaban. Claro, como todos lo títeres. Para que Pinocho pudiera convertirse en un niño de verdad tenía que aprender mucho, realmente mucho. El hada azul le dio un consejero que debía guiarlo, se llamaba Pepe Chong Grillo. Todos lo identificaban muy bien, porque parecía venido del lejano oriente. Pero un día Pepe Chong Grillo se quedó dormido y  Pinocho decidió que él podía tomar las decisiones solito. Lo primero que hizo fue designar a su gato, sí, a su propio gato como el ser que debía fiscalizarlo. El gato debía decidir si Pinocho actuaba correctamente. De modo que cuando el gato decía algo que no le convenía a Pinocho, éste simplemente no le daba de comer. ¡Pobre Pinocho, sí que era tonto!

Mientras tanto Pepe Chong Grillo lo buscaba desesperadamente, pues sabía que Pinocho, sin un consejero, solamente metería la pata. Pero su afán por hacer las cosas por sí mismo lo llevó a un extraño lugar en el que los niños todo el día se la pasaban jugando. No sabían que era una trampa. El gobernante de ese lugar, después de un tiempo, los convertía en burros. Les salían orejas y cola de burro. Pinocho estuvo a punto de que le pasara algo así, pero Pepe Chong Grillo logró salvarlo en el último momento.

Luego Pinocho decidió hacer un largo viaje a China y Asia, en los momentos en que todos en su país lloraban por cosas muy trises que habían sucedido. Pero hay que recordar que Pinocho debía aprender mucho. Un buen día se despertó y se encontró en el estómago de una ballena. Como pudo, intentó salir. Pero este cuento todavía está en la búsqueda de su final feliz. Su  protagonista aún sigue en las entrañas del monstruo esperando salir de ahí. Tal vez llegue Pepe Chong Grillo a solucionarle de nuevos sus problemas. Tal vez Pinocho aprenda lo que es ser un humano de verdad y se vuelva más sensible. Está difícil.

Volviendo a mundos más reales, quiero agradecer en estas líneas al padre y doctor Jesús Gomez Fregoso por su columna de los viernes. Sus profundos conocimientos de historia y su relato ameno me condujeron muchas veces a ver las cosas desde otro ángulo. Le quiero agradecer sobre todo su colaboración a mis trabajos durante el Mundial de futbol, cuando empecé a publicar en este diario.

También quiero agradecer a Alejandro, el de la serie Escuincles, su humor profundo y sencillo a la vez, siempre motivaron una sonrisa. Y en estos tiempos esto significa mucho. Los voy a extrañar.