Don "Venus" y la Constitución que nunca quiso

Don Venus era un hombre culto. En su biblioteca tenía las obras literarias y científicas más importantes de su tiempo. Su casa en la calle Río Lerma de la Ciudad de México, que adquirió después de haber enviudado, habla de alguien a quien le gustaba el orden, apreciaba la belleza y las comodidades. Su cama muestra que no era tan alto como parece en las fotografías. Tenía una habitación disponible para su hija Virginia, casada con Cándido Aguilar, un militar de alto rango, que llegaba de Veracruz a visitarlo los fines de semana. Otra habitación la ocupaba su hija Julia, quien nunca se casó y se encargaba de cuidarlo. En la pata de su cama de latón, se encontró el documento original del Plan de Guadalupe.

A diferencia de Don Venus, Pancho Villa, su adversario en la lucha revolucionaria, poseía la cultura propia de un bandolero. Pero tenía rasgos muy peculiares. Le gustaban las malteadas de fresa y se dice que cruzaba la frontera con Estados Unidos para ir a disfrutarlas a una fuente de sodas, que las preparaba. Villa, contra lo que se pudiera pensar, despreciaba las bebidas alcohólicas. Se cuenta que cuando se encontró con Zapata, éste prácticamente lo obligó a tomar un trago de algún mezcal. Villa duró largo rato tosiendo, luego de haberlo probado. Don Pancho era además muy mujeriego. Algunas fuentes dicen que llegó a tener 23 esposas y otras refieren que eran 27. En la revuelta, era imposible contarlas.  

Pero volvamos a Don Venustiano Carranza, el Primer Jefe. A Don Venus las demandas de las clases populares durante la revolución no lo hacían sentir muy cómodo. Su idea era expulsar a Porfirio Díaz del poder, y luego a Victoriano Huerta, que lo había usurpado, después de asesinar a Madero. Su ideal era instalar un régimen democrático, un estado de derecho. La legalidad era su valor supremo. 

Cuando Carranza redactó el Plan de Guadalupe, para echar fuera a Victoriano Huerta, se negó a incluir en él las demandas de campesinos y obreros. Se rehusaba a incluir promesas, pues no quería sentirse obligado a cumplirlas. Cuando sus jóvenes oficiales le reclamaron, les contestó que eran muy jóvenes para entenderlo, que primero había que enfrentar a Huerta y luego pensar en combatir a los terratenientes, el clero y los industriales. Incluir las reivindicaciones en el Plan significaría alargar la guerra.

Si en el decreto de enero de 1915 Carranza se comprometió a satisfacer las demandas de las clases populares, era porque sentía que la Convención de Aguascalientes, (que unió a Villa y Zapata), podría tomar la delantera. Así que se apresuró a arrebatarles sus banderas. 

De modo que cuando el Primer Jefe venció a los ejércitos de Villa y Zapata y convocó a un nuevo congreso constituyente, todo quería menos ver en la nueva Constitución las demandas de las clases populares. El proyecto que envió al Congreso apenas las consideraba.      

Pero el Congreso pensaba de manera muy diferente. Aun cuando políticamente estaba dividido en dos grandes grupos, hubo una gran coincidencia en muchos temas. Un grupo era carrancista o moderado, de ideología liberal; el otro, era radical o jacobino (apoyado por Obregón). Este último pugnaba por las reformas sociales. Algunas veces, Don Venus se aparecía en las sesiones para tratar de influir en los ánimos de los constituyentes.

Pero los congresistas sólo dejaron de su proyecto aquellos puntos con los cuales era difícil estar en desacuerdo, como las cuestiones formales. La nueva Constitución no se pareció en nada al proyecto que Carranza había enviado. A diferencia de Carranza, que se negaba a que la Constitución consignara las demandas sociales, el Constituyente incluyó en la Constitución los derechos de los trabajadores. Esto fue un hecho inaudito, pues hasta ese entonces ningún texto constitucional en el mundo los integraba.

Por otro, lado la Constitución respondía a las demandas de los campesinos. La Carta Magna hizo a la nación propietaria del territorio, de las aguas y las tierras, con lo que abrió la puerta para la fragmentación de los latifundios y el reparto agrario.

Lo que no imaginó Don Venus, es que precisamente la inclusión de las demandas sociales en la Constitución le dio un enorme poder al Estado, y en concreto al presidente. Como representante de la nación, el Ejecutivo podía disponer de la propiedad urbana y rural, argumentando la utilidad pública. Y al hacerlo árbitro de los conflictos entre trabajadores y patrones, lo puso por encima de todas las clases sociales. El poder que la Constitución le dio y le da al presidente, sobrepasó con mucho su expectativa. 

En este contexto, hay que mencionar, además, que uno de los debates más acalorados del Congreso fue el referente al sistema político que debía regir el país. Las alternativas eran la democracia parlamentaria y el presidencialismo. Argumentando que el parlamentarismo era más bien adecuado para países con larga experiencia política, como los europeos, y que el presidencialismo se ajustaba en mayor medida a las condiciones en América, el presidencialismo se quedó.

De modo que en realidad, Carranza nunca fue quien hizo la Constitución de 1917, ésta ni siquiera se sustentó en sus ideas. Pero algunos sitios de la historia oficial se empeñan en atribuírsela.