Doctorados en simulación

Seguramente Usted conoce algunos de esos ejemplares muy mexicanos que se ufanan de lograr cosas gracias a sus capacidades de simulación. Están en todos lados. Desde la lady que, tan pronto cae en problemas, empieza a simular que es hija o esposa de alguien muy importante, hasta el joven que con el coche de papi el fin de semana simula tener mucho dinero para conquistar a las chicas de su interés. Probablemente conozca también casos en que un pariente llegó al grado de colocarse yeso en una pierna o hacerse un vendaje muy profesional para aparentar que se ausentó del trabajo por algún accidente y evitar que le descuenten el día. La simulación, en mayor o menor grado, es parte de nuestras estrategias de vida y los mexicanos, en la escuela de la vida, nos hemos doctorado en ella. 

Los estudiosos de la evolución han comprobado que ya en los periodos sub-humanos de nuestra especie la simulación era una estrategia para sobrevivir. Algunas especies de changos aparentan estar dormidos, para luego obtener ventajas. ¡Y qué decir de la zarigüeya! Cuando se ve atacada, se hace la muerta, es decir, se queda tiesa, hasta que sus adversarios pierden interés en ella.

Pero, la simulación en las sociedades avanzadas es un acto que contradice las leyes de la civilización e impide su desarrollo. En el juego de hacerse tonto uno mismo y de querer hacer tontos a los demás hay una trampa que impide la confianza básica necesaria para la convivencia civilizada. Veamos algunos ejemplos.

Hace algunos años, cuando participé en el Consejo de la  Comisión de Derechos Humanos se discutía si la institución debía actuar ante un hecho inusitado. Se afirmaba que el gobernador de ese entonces, preocupado porque Jalisco ocupaba un lugar muy indigno en los índices de reprobación nacional, había dado instrucciones a la Secretaría de Educación para que los maestros evitaran reprobar a los alumnos. La idea era que el lugar del Estado en tan ingrata escala mejoraría simplemente con aprobar a los estudiantes. En lugar de mejorar la educación, había que simular, mediante un truco barato, que estábamos mejor.  

La idea tuvo tal éxito que se extendió a otros campos educativos. Si el Conacyt reconoce como excelentes aquellas maestrías y doctorados cuyos alumnos obtienen notas por encima del ochenta, entonces las autoridades de diferentes universidades han decidido que la evaluación en los postgrados no será inferior a este número. Claro que las autoridades del Conacyt lo saben, pero a veces la simulación, para que sea exitosa, debe contar con la complacencia de la contraparte. 

También en el ambiente laboral, sobre todo en las instituciones del Estado, la simulación es cosa de todos los días. Hace algunos años, los burócratas repetían, hasta con cierto orgullo, una frase que demuestra con todo cinismo la esencia de la simulación: “Ellos hacen como que me pagan y yo hago como que trabajo”.

Los políticos desde luego son los campeones de la simulación. Hace algunos meses la ley les permitía sólo hacer campaña al interior de sus partidos. Pero, ellos aprovecharon la oportunidad para posicionarse en la opinión pública. Colocaron espectaculares a la vista de todos con la leyenda de que se trataba de mensajes dirigidos a la membresía de sus partidos. Así simularon cumplir con la ley, pero su mensaje era en realidad un intento para darse a conocer entre los electores. 

Algunos políticos han desarrollado tal instinto de simulación que logran creer que pueden hacer tontos a los demás de una manera muy fácil. Hace algunos años un político priista corrió un maratón internacional en Berlín. Pero, en lugar de seguir la ruta establecida, tomó un atajo, para aparecer luego cruzando la meta. Claro que más de alguno se dio cuenta del truco, y el político sufrió un gran desprestigio.

Lo peor es que en nuestro país simular es tenido como una habilidad especial, una forma de ser listo. Seguramente esto es consecuencia de esa larga historia iniciada en el Virreinato en que debíamos lidiar con el poder español, y en que engañarlo era una cuestión fundamental. Simulábamos que los queríamos, que los obedecíamos, que creíamos en ellos. La frase que revela con toda claridad el talento que desarrollamos para la simulación era aquella de “Acátese, pero no se cumpla”.  O sea, simulábamos aceptar la ley, aunque nadie la cumpliera. 

En realidad, cierta dosis de simulación pertenece a toda estrategia de vida, pero el problema es cuando se convierte en la esencia de la acción social. Pues simular es hacerse tonto. Es pretender hacer creer a los demás lo que no es. La simulación constante termina por convertir al mundo en una farsa. A mí en lo personal, me molestan mucho esos jugadores de futbol, sobre todo latinoamericanos, que en juegos internacionales se duelen largos minutos por un golpe inexistente. En general, los jugadores anglosajones o alemanes recurren mucho menos al truco de pretender engañar al árbitro. Si el famoso clavado de Robben en el juego mundialista contra Holanda nos dolió tanto, fue porque recibimos una cucharada de nuestro propio chocolate. Los campeones de la simulación somos nosotros, no los holandeses. El acto contradecía las leyes de la costumbre y la autopercepción nacional.

En nuestra cultura es absolutamente necesario aprender a perderle el miedo a la verdad y dejar la simulación a países menos avanzados. Es una exigencia en el camino del proceso civilizatorio. Cuando lo entendamos, habremos dado un gran paso.