La Catedral de Guadalajara y el famoso plato de pitayas

Usted sabe quién construyó las torres de Catedral? ¿Y el Panteón de Belén? ¿Y el Templo de San José?  ¿Y el del Sagrario? ¿El Hospicio Cabañas? ¿El altar del Santuario de Guadalupe (donde en mi infancia pensaba que me casaría algún día)?

Bueno, seguramente se sorprendería si le dijera que todas estas obras fueron construidas -de menos parcialmente- por un solo hombre:  Manuel Gómez Ibarra. Permítame contarle algo sobre este genial arquitecto que construyó las obras más importantes de la Guadalajara del siglo XIX.  Nadie, absolutamente nadie, ha marcado la fisonomía de nuestra ciudad como don Manuel. 

En el año de 1893, llegó a Guadalajara un clérigo irlandés de nombre Eduardo Gibbon, motivado por la contemplación en sus años juveniles de un cromo con una vista de Guadalajara que colgaba en su casa paterna.  Apenas puedo imaginarme a un niño irlandés que todos los días veía un cuadro en su casa con la imagen de nuestra ciudad, pensando que un día conocería estas tierras. Cuando por fin arribó a la ciudad, este dominico, que la calificó como la Florencia de América, pronto se percató de que el nombre de Manuel Gómez Ibarra, como el de Miguel Ángel en Roma y en Florencia, se encontraba vinculado a todas las obras monumentales de Guadalajara. A la ciudad y a su arquitecto dedicó un hermoso libro lleno de elogios.

Sobre la vida de don Manuel se sabe poco. Nació en Guadalajara el 11 de febrero de 1810.  A la edad de siete años, Manuel perdió a sus padres, quedando bajo la protección de don Diego de Aranda y Carpinteiro, que más tarde fue nombrado obispo de Guadalajara.

Casi todas las obras que hizo don Manuel fueron encargos de su tutor (un buen padrino nunca está de más). En 1835, don Diego lo comisionó para construir el Templo del Sagrario anexo a la Catedral, conforme a un proyecto realizado por José Gutiérrez. Pero quisiera hablar un poco de sus tres grandes obras:

La Casa de la Misericordia, posteriormente Hospicio Cabañas

La idea de fundar la Casa de la Misericordia fue del Obispo Juan Ruiz de Cabañas, quien en 1803 contrató para la ejecución del proyecto de Manuel Tolsá, al arquitecto José Gutiérrez. 

Sin embargo, en 1810, al parecer por la guerra de la Independencia, se suspendieron los trabajos. En 1836, Diego de Aranda –ya nombrado obispo de Guadalajara- decidió reanudar las obras de la construcción y comisionó para ello a Gómez Ibarra, quien en ese tiempo ya disfrutaba de una sólida reputación como constructor y artista. En esta obra es la cúpula la que ha obtenido los mejores elogios. 

La Catedral de Guadalajara  

Otra obra de gran trascendencia de Gómez Ibarra fue la restauración de la Catedral de Guadalajara. En 1750, un sismo que sacudió la ciudad por espacio de dos minutos y segundos destruyó el frontis, un destino similar tuvieron las torres en 1818.

En 1851, se comisionó a Gómez Ibarra el diseño de las actuales. Entre la verdad y la leyenda existe la idea de que el obispo Aranda, al estar comiendo unas pitayas, observó que su plato estaba decorado con unos campanarios de tendencia gótica, el cual mostró luego al arquitecto para que sirvieran de modelo para las nuevas torres de la catedral. Gómez Ibarra las construyó de piedra pómez, para aligerar su peso, y las cubrió con azulejos vidriados de Sayula.

El Panteón de Belén

El 27 de febrero de 1787 el obispo Fray Antonio Alcalde puso la primera piedra de lo que sería el Hospital de Belén. Al inaugurarse el Hospital, que sería atendido por la orden de los betlemitas, tenía siete salas, dos manicomios, para hombres y para mujeres, botica, numerosas habitaciones para los empleados administrativos, la iglesia y el cementerio. Un año antes la ciudad había registrado un alto índice de mortandad, debido a una epidemia llamada “la bola”, por lo que se saturaron las iglesias y los cementerios.

Hasta finales del siglo XVIII, se acostumbraba enterrar a los muertos en lugares sagrados, es decir, en el interior de las iglesias, atrios, conventos, etc. En Guadalajara eran frecuentes los entierros en la Catedral y en el cementerio anexo que luego ocupó el templo de Sagrario. Un testimonio de 1786 deja ver la necesidad que existía de lugares para satisfacer la demanda: “En el Santuario de Guadalupe se amontonan a la puerta del atrio del templo cada mañana los cadáveres que se llevan durante la noche y dejan los más desnudos enteramente sin que se puedan saber quiénes eran.”

 La insuficiencia de sepulturas provocaba que los cadáveres tardaran en ser sepultados, lo cual incrementaba el peligro de contagios. Por este motivo, el obispo Antonio Alcalde se preocupó por la situación y empezó a buscar soluciones para que las inhumaciones se realizaran fuera de los templos y se iniciara la construcción de cementerios afuera de la ciudad. Pero fue hasta décadas posteriores a la consumación de la Independencia cuando se pudo dar inicio a su edificación.

El Hospital de Belén contaba con un camposanto, que se conocía como “patio de los pobres”, pues en él se sepultaban los enfermos pobres que morían en el hospital. Sobre este primitivo cementerio y unos terrenos que ocupaba la huerta del hospital se construyó el nuevo panteón. En 1848, el Obispo Diego Aranda y Carpinteiro encomendó a Manuel Gómez Ibarra su construcción.