Casa de locos. Sobe la miseria del Ayuntamiento tapatío

Usted tiene la impresión de que existen 13,000 personas trabajando por el mantenimiento y mejoramiento de nuestra ciudad? ¿Usted ve los resultados de esta enorme masa de trabajadores y funcionarios, pagados con nuestros impuestos, que diariamente contribuyen a hacer de nuestra ciudad un lugar mejor para vivir? Creo que, al igual que yo, hay que admitir que la respuesta es negativa.

Y ¿por qué no? Las causas son muchas. En primer lugar, el Ayuntamiento no es de ninguna manera una institución funcional, dinámica, moderna, que realmente se preocupe por los ciudadanos. Es un mundo aparte, extraño, regido por una lógica que nadie entiende. Permítame explicarle.

1. El primer problema que tiene la institución es financiero. ¿Cómo prestar servicios municipales, si la enorme parte del presupuesto se destina a pagar la nómina? ¿Cómo destinar recursos a la cultura, por ejemplo, si el dinero se va en pagar empleados? Tradicionalmente, los puestos del Ayuntamiento han servido para pagar favores políticos. De modo que cada Administración que entra, busca cómo despedir a los trabajadores que hereda, para colocar a quienes se dedicaron a trabajar en las campañas electorales. Así que lo que menos importa es si el perfil del empleado corresponde a la labor que habrá de desempeñar.

El problema financiero se complica principalmente por dos cuestiones. La primera son las deudas, que se han ido acumulando en los últimos años. Guadalajara es uno de los ayuntamientos más endeudados del país. Si hay que pagar deudas, ¿de dónde pueden salir los recursos para tener mejores parques, mejores policías, mejores mercados?

Un segundo problema financiero es el siguiente. Cuando los empleados del Ayuntamiento son despedidos, generalmente son defendidos por abogados que logran ganar los juicios laborales. En general, las sentencias señalan que se les restituya en sus puestos y/o que se les indemnice con una importante cantidad de dinero. De este modo, el Ayuntamiento tiene que desembolsar exorbitantes recursos, que lo dejan prácticamente en la parálisis económica. 

2. El segundo problema del Ayuntamiento son los recursos humanos. Hace algunos años que tuve la desgracia de trabajar en el Municipio, conocí a varios empleados que no tenían realmente un lugar de trabajo. Esperaban que algunos de sus compañeros fueran al baño, para sentarse por algunos momentos frente a la computadora y poder hacer “algo”. Sí, tal como lo leyó.  El empleado ni siquiera disponía de un escritorio, de una computadora, de modo que casi todo el día estaba parado sin hacer nada. Así, ¿Cómo?

Además, de este “agradable ambiente laboral”, en el que el empleado ni siquiera puede sentarse, el sueldo que percibe es realmente poco alentador. En el Ayuntamiento ocurre lo que sucede en muchas instituciones en México. Existe una capa de directivos con oficinas casi palaciegas y luego un enorme batallón de infantería con sueldos muy bajos. El presidente municipal tiene un ingreso de 114,000 mensuales, mientras el “colaborador D”, de 4,000. Hacen falta puestos intermedios que permitan ocupar profesionistas, que tengan estudios de especialización en lo que se espera que hagan. Los bajos salarios sólo permiten emplear a personas con un nivel educativo muy bajo. En el año en que laboré en el Ayuntamiento, la asistente que me fue asignada decía “haiga”. Y éste era el menor de sus errores lingüísticos. El mismo secretario del presidente municipal no podía escribir una sola frase que tuviera coherencia sintáctica.

Otro problema asociado a los recursos humanos y la falta de perspectivas que vayan más allá de sus oficinas, tiene que ver con las funciones. El municipio, en su interior, se encarga de crearse a sí mismo labores inútiles y absurdas. Muchas dependencias existen para evaluar a otras. El deporte municipal preferido es darse tareas mutuamente, de modo que una dirección constantemente le envía a la otra formularios, le exige reportes, le pide describir funciones, etc. Todo el tiempo se ocupan de lo que otra dependencia les solicita, jamás de lo que la ciudad requiere.

Bueno, el último problema que aquí le voy a describir, es más difícil de abordar.  Pero esto toca la médula del funcionamiento municipal. El Ayuntamiento tapatío semeja más una corte medieval que una institución moderna. Todo gira en torno a quien se encuentra en el vértice del sistema. En el municipio no existen gremios que tomen decisiones de manera consensuada. A igual que en la corte, el lugar que ocupa el funcionario o empleado depende del favor del rey. Así que hay que saber intrigar, conjurar, guardar información, saberla usar, traicionar, adular, etc. Claro que esto existe en otras instituciones. Eso es evidente. Pero el problema es que aquí no hay una meta clara que permita unificar equipos que se propongan alcanzarla. El funcionario o empleado sólo busca su provecho, sacar siempre ventaja, acercarse al rey para obtener su beneplácito. El empleado no es entonces un sujeto con vocación de servicio, que tenga a la ciudad y sus problemas como objeto de su actividad mental. Es un súbdito que está ahí para ganarse el favor del rey. Por ello, cuando llega un nuevo alcalde, los empleados desarrollan todas sus habilidades para ganarse su favor. No es una burocracia, como la británica, que, consciente de sus habilidades y sus labores, sabe que el político en turno debe aprender de ella y no al revés.

¿Y la ciudad? Para los seres que habitan en esa casa de locos llamada Ayuntamiento no existe. Eso está más allá de su horizonte mental. ¿Y el ciudadano? Eso es poco menos que un marciano, que sólo aparece como un ente perturbador.     

La Administración de Enrique Alfaro no la tendrá fácil. Más de alguna vez se dirá, que, en efecto, el edificio de Hidalgo 300 es una auténtica casa de locos.