Angélica Rivera en su peor papel

Se veía enojada, incómoda con la cámara. Parecía que estaba en un juicio oral, donde obligada a defenderse, decidió atacar. A su público lo llamó “mexicanos”, lo cual de entrada no fue muy atinado. Los momentos finales del video, en los que invoca a su esposo y a sus hijos, fueron motivo de burlas en las redes sociales, pues le quiso dar un tono que resultó francamente melodramático. Lo más terrible es que muy pocos le creyeron. Sus mismos compañeros del gremio de actores pusieron en duda el monto de sus contratos. Sobrepasaba lo que usualmente se acostumbra recibir por esos trabajos.

La aparición de Angélica Rivera en un video explicando la forma en que pudo comprar una mansión pone en claro que el papel de la consorte puede ser muy difícil, cuando se apuesta por la frivolidad. A diferencia de Margarita Zavala, la esposa del ex presidente Felipe Calderón, quien optó por desempeñar un papel discreto, La gaviota desde la campaña electoral ha estado, por decisión propia, en la línea de los reflectores.

Su matrimonio con Enrique Peña Nieto en la Catedral de Toluca se inscribió en la serie de golpes mediáticos que el gobernador del estado de México dio con el fin de llegar a Los Pinos.

La campaña electoral la puso a ella en el primer plano. Donde Peña Nieto se presentaba, Angélica Rivera, recibía gritos de apoyo, que aludían al sobrenombre que tuvo en una popular telenovela. Con el gusto que el pueblo mexicano tiene por este género televisivo, la actriz pasó a ser un efectivo bono electoral. La estrategia de campaña reforzó un contenido que hacía a los mexicanos parte de un cuento de hadas. Si no quería convertirse en el malo del cuento, el elector tenía que contribuir a la felicidad de la pareja y llevarlos a vivir al palacio soñado: La residencia presidencial.

Si bien Angélica Rivera decidió retirarse de la actuación, para asumir su papel de primera dama, no ha estado alejada de los reflectores, de los políticos y de los sociales. Le ha dado entrevistas a las revistas de moda, que le han dedicado sus portadas.

Por ello, cuando en el video reclama que no es servidora pública y que rinde cuentas solamente para salvar su honorabilidad y proteger a su esposo y sus hijos, su argumento resulta muy cuestionable. Pues ella misma fue quien recorrió la línea que divide lo público de lo privado. Ella eligió el lugar que tiene en la opinión pública y lo logró a través de sus propias acciones. Si bien, una consorte más discreta también se hubiera visto obligada a explicar tan cuestionable adquisición, la exposición constante de la figura de la actriz es la que la convierte en un objetivo muy vulnerable y en un blanco de quien desee revisar las cuentas del presidente. El efecto mediático simplemente es mayor.

Pero el peor papel de su carrera se lo debe Angélica Rivera no sólo a estas condiciones, también la forma en que llegó a él resulta lamentable. Para no salpicar al presidente con la sospecha de que el dinero con que se pagó la mansión en las Lomas de Chapultepec pudiera venir de canales obscuros, la actriz tuvo que salir a dar la cara, ella sola. Todo parece indicar que los asesores presidenciales hicieron un recuento de daños, al develarse la propiedad, y decidieron poner a la consorte frente a la cámara. Una especie de daño colateral en el intento de frenar el desplome de la popularidad de Peña Nieto en las últimas semanas.

Por si esto fuera poco, la aparición de Angélica Rivera se ve todavía más ensombrecida por dos cosas: La primera es, que si efectivamente pagó su casa con dinero producto de su trabajo, ¿qué necesidad había de mencionar en el video que, obligada por el escándalo, la pondrá a la venta?

Y la segunda es lo que el video no dice: ¿Se trata de una adquisición meramente personal de la cuál su esposo era totalmente ajeno? ¿Cómo pudo Peña Nieto permitir esta adquisición en los primeros años de su gobierno, a sabiendas que de hacerse pública dañaría sustancialmente su imagen? ¿Dónde estaban los asesores presidenciales, cuando la propiedad creía en dimensiones, con la compra de los terrenos contiguos, y aumentaba el riesgo de que esto se hiciera público?

En realidad, una buena parte de la opinión pública mexicana ha aprendido a premiar a las primeras damas que han optado por un papel discreto y por conducirse con rectitud y sensatez. Lejos de frivolidades. Mientras que a las esposas de los presidentes Ernesto Zedillo, Felipe Calderón y Carlos Salinas se les recuerda de una manera positiva, Marthita Sahagún de Fox pasará a la historia por sus constantes intromisiones en asuntos de gobierno, por el costo de sus vestidos y por su insistencia en ocupar en la vida pública un lugar que no ganó en las urnas.

Como ejemplo de que los sistemas políticos no requieren de los consortes presidenciales y de que éstos pueden muy bien llevar su vida sin incluirse en las esferas del poder, se puede señalar al esposo de la mujer más poderosa del mundo: la canciller alemana Angela Merckel. Joachim Sauer es un prestigiado profesor de química de la Universidad de Berlín. Entre sus colegas, sus investigaciones gozan de reconocimiento. Nunca aparece en actos públicos, ni asiste a ningún mitin político, ni participa en las campañas electorales de su mujer. Bueno, ni siquiera ha asistido a las ceremonias de su toma de posesión, las ve por televisión. Rechaza cualquier entrevista que no sea estrictamente sobre su actividad profesional. A los alemanes les agrada que sea así, la electa es ella.

Tal vez sería tiempo de redefinir en México el papel del o de la consorte del presidente/a. Pero para ello sería necesario tener una primera dama o un marido presidencial con una sólida y exitosa carrera profesional, independiente de la política. Y, claro, con cierta brillantez intelectual.