Amores mexicanos. Sobre héroes, pasiones y un suicidio

Nuestros héroes, como hombres de carne y hueso, fueron muy susceptibles a las pasiones. Muy susceptibles, diría yo. Entre lo poco que dejaron las celebraciones del Bicentenario fue la corrección de la imagen que teníamos del “padre de la patria”. Hidalgo abandonó su figura de viejito aburrido y se convirtió en un hombre maduro, lleno de vitalidad y muy atractivo para las mujeres que en su tiempo lo rodeaban. Recibió un nuevo papel en el escenario de la historia, que en parte lo desmitificaba. Así, nos pudimos dar cuenta de que Hidalgo tuvo romances con muchas mujeres. Se sabe que, de menos, tuvo hijos con cuatro. Seguramente recordó a Manuela Pichardo y a Josefa Quitana, en las noches previas a su fusilamiento. Con ellas tuvo relaciones bastante estables, y dos hijos con cada una. Y en las horas difíciles, los amores pasados se asoman. 

José María Morelos tampoco fue ajeno a las pasiones amorosas. A los 35 años de edad, procreó  un hijo con María Brígida Almonte, a quien él mismo bautizó como Juan Nepomuceno Almonte. Se dice que Brígida murió en el parto y que Morelos se encargó del niño. Lo llevaba siempre a todas partes, incluso en sus aventuras militares. 

Hay registro de que a los 43 años, Morelos tuvo una hija que vivió con su madre, pero ambas figuras están envueltas en el misterio.

A fines de 1812 y principios de 1813, a la edad de 48 años, Morelos conoció a una joven en la ciudad de Oaxaca, Francisca Ortiz, con la que tuvo un hijo, que fue llamado José Ortiz. Las fuentes señalan que un antiguo enamorado de Francisca, José Matías Carranco, se casó luego con ella y le dio su nombre al niño quedando como José Vicente Carranco Ortiz. El comandante que capturó a Morelos fue precisamente el mismo José Matías Carranco. Al reconocerlo en el momento de su captura, Morelos le dijo: “Señor Carranco parece que nos conocemos”. Existe la sospecha de que la aprehensión de Morelos fue tramada por el mismo Carranco, quien anteriormente había sido insurgente, como venganza a quien “le quitó la novia”. Hormona mata neurona y también sentimientos patrios. 

Desde luego que la historia registra también amores con finales más felices. Leona Vicario, una  bella joven criolla, después de la muerte de sus padres, había quedado bajo el cuidado de su tío, don Agustín Pomposo, un rico y exitoso abogado. Un día se presentó en el despacho de Don Agustín, un joven proveniente de Yucatán, con las mejores recomendaciones académicas, para realizar su pasantía: Andrés Quintana Roo. La relación amorosa establecida entre ellos estaba lejos de encontrar un marco que les permitiera conducirla con normalidad. La participación de Leona en la insurgencia fue descubierta por las autoridades virreinales, debido a que uno de sus mensajeros fue detenido con numerosas cartas. Se le recluyó entonces en el convento de Belén. Pero, después de 42 días de cautiverio, Leona fue rescatada por los insurgentes y llevada a Oaxaca. Los dos años siguientes la pareja participó activamente en el movimiento armado.  Hubo momentos en que ambos tuvieron que refugiarse en la sierra de Guerrero. En una cueva, Leona trajo al mundo a su primogénita, Genoveva. Después de la muerte de Morelos, los tres fueron apresados y llevados a la Ciudad de México. El virrey indultó al matrimonio, pero los desterró a España. Como ni ellos, ni las autoridades tenían dinero para costear el viaje, la orden no se cumplió. En 1821, la pareja tuvo una hija, María Dolores. Después de que se consumó la Independencia, Leona y Andrés habitaron una casa continua al edificio que ocupó la inquisición en la Plaza de Santo Domingo de la Ciudad de México.

Pero, sin duda, uno de las relaciones amorosas más trágicas de nuestra historia, fue la que mantuvieron Antonieta Rivas Mercado y José Vasconcelos. Ella era hija de Antonio Rivas  Mercado, un arquitecto de mucho prestigio, que entre otros edificios construyó el Ángel de la Independencia. Por cierto, el rostro femenino que se encuentra en la puerta del monumento corresponde a la hermana de Antonieta. Vasconcelos fue ministro de educación en el gobierno de Obregón (1920-24)  y quien impulsó la primera gran campaña de educación en un régimen posrevolucionario. Después de la muerte de su padre, Antonieta heredó una fortuna, que puso a disposición de Vasconcelos, en la campaña que éste emprendió para llegar a la presidencia de la República. La “elección” no le favoreció, por los numerosos fraudes. Después de una relación de largos encuentros y desencuentros -Vasconcelos estaba casado-,  Antonieta se fue a vivir por un tiempo a París. Se proponía escribir ahí una novela. Hasta allá llegaban las cartas de Vasconcelos. En febrero de 1931, Vascncelos desembarcó en El Havre y luego fue a París. Después del feliz reencuentro, los enamorados se perdieron en las callecitas de la ciudad. Vasconcelos recordaría años después “el paso regulado, el leve, grato roce de las caderas que liga los cuerpos, sincroniza las almas de dos que se han unido en la ilusión de la eternidad”. Cuando se instalaron en el cuarto de ella para pasar la primera noche juntos, Antonieta le preguntó: “Dime si de verdad, de verdad, tienes necesidad de mí. Y Vasconcelos apeló a la verdad filosófica y mostró una excesiva sinceridad: “Ninguna alma necesita de otra, nadie, ni hombre ni mujer, necesita más que a Dios”. Desilusionada por tan insensible respuesta, tres días después Antonieta se disparó en el corazón con la pistola de Vasconcelos ante el altar de la catedral de Notre Dame.