La ciudad vista por expertos

Cívitas: Guadalajara ¿A dónde vamos?

No importa qué tan grande sean los barcos -ni el tamaño de su calado, ni de dónde provenga su fuerza- lo que en un barco siempre importa es que éste se mantenga a flote y con un destino preciso. Siempre hay un equilibrio en el equipo que mantiene el barco y la función que se realiza. Sin función, pero también sin tripulación el barco simplemente se queda varado o a la deriva. La funcionalidad puede ser de muchos tipos: mixta o especializada; desde transbordadores, barcos fábrica, remolcadores, entre otras. Pero, lo fundamental es que debe estar equipado y direccionado para cumplir con la función propuesta y, a su vez, contar con los instrumentos pertinentes que le permitan medir y planear sus movimientos de forma estratégica.

Para llegar a buen puerto se requiere de un instrumento muy pequeño, casi nunca visible y que, al contrario de la fuerza, funciona por resistencia, se trata del timón. Sin él se vuelve vana toda la fuerza del barco; sin él, la dirección hacia el objetivo se hace inalcanzable.

Los barcos se enfrentan constantemente a las vicisitudes del mar. No basta fijarse un objetivo sino que hay que saber sortear las condiciones en que se presenta. Para esto es fundamental contar con los protocolos, y manuales de operación, que permiten manejar el barco de la manera correcta y maximizar así su capacidad.

Ahora bien, nuestra ciudades son como barcos por su función económica y su tripulación, ambas deberían estar siempre en equilibrio, pero es el modelo de la política pública la que permite conducir el destino de las ciudades. Entonces preguntamos: Guadalajara ¿A dónde vamos?

Modelos de ciudad o modelos de políticas  

Entre las ciudades, destacan aquellas que mantienen un sano equilibrio entre lo que ellas producen y su función social, es decir, cómo se reproducen. Cuando las ciudades son integradoras, asignan espacios dignos -en su función económica- a todos los miembros de su sociedad, generan capital social y este, a su vez, produce bienes de desarrollo y potencializa su función económica.

Definir el rumbo de la ciudad parece tarea imprescindible. Evaluar las capacidades para llegar al destino, también. Si no se conoce la capacidad de soporte, no sabremos qué medidas implantar.

Muchas ciudades han entendido esto y han establecido políticas específicas para hacerlo. El impulso también se ha generado desde Instituciones internacionales, como el BID y el BM, quienes -mediante créditos- intentan introducir los objetivos de la disminución de la pobreza, pero es en la medida que encontramos un decidido compromiso político donde podemos observar mejores resultados.

El énfasis se encuentra en las mediciones de política. Para el Índice Global de Ciudades (GCI) esto sólo representa un 10% de su medición, pero modifica cualitativamente el funcionamiento urbano. De hecho, las ciudades más “globales” o aquellas en que el índice muestra como las más preponderantes en su medición desde su primer medición (2008) son las que tienen la más importante actividad económica articulada al mayor compromiso político.

Cada ciudad asume su reto, pero parece ser que éste no es incrementar la actividad económica por sí mismo, sino cómo, a través de estas dos variables (la economía y la política), se incrementa el capital social. Hay quienes no quieren esperar y buscan animosamente importar talentos; hay quienes saben que el talento es un recurso finito y por lo tanto hay que fomentarlo, saben que es un asunto de largo plazo.

A veces es difícil entender un modelo urbano, pues nos podemos perder en la complejidad de las ciudades. Así que no se trata de comparar buques cargueros con cruceros de lujo, no es la morfología, ni el diseño urbano, ni sólo la función económica la que nos describe el éxito de las ciudades sino cómo logran superar sus retos,  qué instrumentos aplican y entre ellos cómo logran incrementar cualitativamente su capital social, es decir, la vida misma de las ciudades.

Tres ejemplos

Tomemos tres ejemplos latinos considerados exitosos, Rio de Janeiro, Medellín y Barcelona. Cada uno de ellos ha descrito claramente sus retos:

El éxito de Barcelona fue a partir de las olimpiadas del 92. Sin embargo, se partió de una problemática local: los barrios de la ciudad estaban desarticulados lo que se definió como una desigualdad barrial y se propuso para ello generar espacios integradores y con ello espacio público, es una ciudad que logró -con mucho éxito- implantar grandes proyectos estratégicos.

Más allá de ser un referente e incluso haber colocado el tema del espacio público en la agenda de las ciudades a nivel mundial, el problema de Barcelona es el post 92. Ahora, el municipio se enfrenta a un fuerte endeudamiento público y tienen que recurrir a nuevas formas de endeudamiento  como las APP. Por su parte, el sobre-dimensionamiento del espacio central se vuelca como tsunami sobre la ciudad, pues los habitantes originales ya no pueden convivir con el intensivo uso turístico y éstos son expulsados frente a oleadas de cruceros de miles de personas que desembarcan repentinamente sobre la ciudad. La industria turística banaliza la ciudad y en ello crea nuevas formas de exclusión y pierde la riqueza de sus espacios originalmente culturales.

Parece que el reto que nos plantea el modelo de gestión Barcelona es el sostenimiento de políticas a largo plazo.

En Rio de Janeiro, después del fracaso de los programas de erradicación, surge el programa de Favela-Bairro, donde se pone como objetivo: “llevar la ciudad a cada ciudadano”. Es un programa de intervención compleja que requirió la coordinación de los tres órdenes de gobierno y que llevaba nueve acciones prioritarias, desde agua, drenaje, vías públicas o forestaciones hasta programas de recolección de residuos. Todo ello en un contexto de gran complejidad morfológica. El programa incorporó desde escaleras eléctricas hasta escuelas de danza o de música.

En este caso hubo financiamiento internacional del BID que, visto el éxito del programa, se amplió y refinanció. Es un programa que originalmente requirió del endeudamiento público.

Algo de lo que no se dice mucho es que el programa partió de una fuerte intervención armada, nada de lo que ahí se hizo se podría lograr sin el control territorial. Este control permaneció hasta que los programas se habían consolidado y se generaron nuevas instituciones como el Posto de Orientação Urbanística e Social (POUSO).

El éxito de este programa es una significativa reducción de la pobreza y bajas considerables en los índices de homicidios en un país donde ambos indicadores se presentan como grandes objetivos.

Un último caso que se nos ha presentado como paradigmático es Medellín, donde, a diferencia de los otros dos puertos, este es un valle entre grandes colinas escarpadas. Su problemática social se asienta sobre las sinuosas laderas a las cuales es difícil acceder o dotar de servicios y equipamiento. En este caso, el llamado “Urbanismo social”, busca también dar atención a los asentamientos populares. Sólo que la arquitectura institucional colombiana dota de mejores instrumentos fiscales. Para ello Medellín tiene un sistema fiscal que le permite cobrar los servicios públicos por una empresa pública, tanto el cobro como la administración de los servicios se hacen a precios reales y esto dota al gobierno de una poderosa capacidad de gestión y sólida autonomía financiera.

Los proyectos realizados fueron emblemáticos -y ahora ampliamente documentados- pero se sustentan en los Proyectos Urbanos Integrales (PUI). Se trata de intervenciones intersectoriales que intentan resarcir la ausencia y carencias del Estado. Las intervenciones van desde vivienda, nuevas vías públicas, transporte masivo, hasta los famosos parques biblioteca y sus esquemas educativos. Sin embargo, la apuesta -en el caso de Medellín- es de largo aliento, pues busca modificar hábitos y, por lo tanto, busca erradicar la marginalidad desde su base: la educación. El descenso del índice de homicidios se presenta como un indicador de que están en ruta. Este ha ido disminuyendo más rápido que el resto de las ciudades colombianas.

Calibrar un timón es importante, las políticas tienen un diseño, una eficiencia y un impacto, todos estos elementos son medibles y evaluables. El desarrollo de acciones urbanísticas debe corresponder a propósitos específicos. Entonces nos preguntamos: ¿Guadalajara, a dónde vamos?

En contexto

Al parecer el contexto mexicano está hecho para retardar cualquier proceso de planeación. La coordinación de planes no se cumple; las políticas federales se imponen frente a realidades diversas y, a nivel local, existe una gran incapacidad por dar respuesta a la ciudadanía. A ello habrá de añadirse el problema metropolitano, que se presenta como un lastre frente a las necesidades de coordinación.

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