Malos modos

De vuelta a los 80

Escribí la semana pasada sobre Jis y Trino, a los que, dije y dije bien, conocí, igual que muchos, en La Jornada. Omití decir que si los hijos pródigos de Guadalajara aterrizaron en el DF fue gracias a La Regla Rota, una revista contestataria, desinhibida y versátil que debemos a los buenos oficios de Rogelio Villarreal. Hablo de los años 80. Años buenos para iniciativas de ese tipo, lo que no significa que hayan sido años fáciles.

Y es que las cosas cambiaban a altas velocidades. La política, desde luego: el PAN empujaba por cambios e irrumpía el Frente Democrático Nacional, luego PRD. El cine, en general para mal y a veces para muy bien: ahí venían Cuarón y Sólo con tu pareja, del año 91. Sin duda la música: el rock salió de los hoyos fonqui, empezó a cantarse en español, se popularizó gracias a Botellita, a Café Tacuba, a La Maldita Vecindad, a Caifanes, y encontró espacios a modo, dignos, con extinguidores, luces y salidas de emergencia: el Tutifruti, Rocotitlán, Rockstock, luego el LUC. O el Nueve, cuya historia motiva estas reflexiones desordenadas. Me lo trajo a la mente Tengo que morir todas las noches, un libro sólido y divertido de Guillermo Osorno.

¿Qué hace Guillermo? A simple vista, reconstruye la historia de eso, de un bar que se convirtió en un importante enclave cultural. Por ahí pasaron bandas como las mencionadas arriba o escritores empecinados como Rogelio, pero también narradores/cronistas/ensayistas como Naief Yehya y Guillermo Fadanelli; dramaturgos como Emilio Carballido; actores y actrices, incluidos algunos de la nobleza hollywoodense como Ursula Andress, o divas de las de a de veras como María Félix. Pero lo que Guillermo narra es, ante todo, el inicio de un cambio sustancial en el modo en que los chilangos vivimos nuestra ciudad. En el Nueve, la comunidad (no se me ocurre otro término) gay encontró por fin un espacio de convivencia abierto, no clandestino, y terminó por incorporar a ese espacio a heteros de los de toda la vida, transexuales, lesbianas, bi o pansexuales, lo mismo da, pero gente capaz de superar sus prejuicios y darse una vida conjunta mucho más viva, divertida, inesperada: enriquecedora. Una vida como la que poco a poco ha logrado hacerse hegemónica en amplios territorios de esta ciudad, particularmente en los sectores clasemedieros.

Aunque está lejos de plantearlo en estos términos, lo que logra Guillermo, a fin de cuentas, es instalarse en algo parecido a la microhistoria para retratar una transformación social enorme, una trasformación macro. No es poco. Incluso a Monsiváis, a menudo hipnotizado por el batir de tambores de los “movimientos populares”, le pasó desapercibida la magnitud del cambio que se gestó en esas noches viciosas, festivas y aburguesadas, no de marcha y barricadas sino de pista de baile y barra de bar. Felicidades por el hallazgo.