Malos modos

Como la vida misma

El futbol es asimétrico y mezquino. Incluso si uno sigue a un equipo ganador, la proporción que ofrece entre los momentos felices y los amargos es abrumadoramente favorecedora de los segundos. Ejemplos: los diez años sin Champions del Madrid.

Esta capacidad para regatearnos alegrías y sin embargo retenernos en plan de matrimonio codependiente —peleas cada vez más largas y arrebatos de sexo posconciliación cada vez más breves— es lo que hace de nosotros, los aficionados, seres tan propensos a las compensaciones autodestructivas: peleas patéticas en la cáscara dominguera, borracheras de buró ante cada atrocidad del Cruz Azul, gritos espantosos a tus hijos cuando tapan la tele. Y es también lo que hace del futbol una materia prima buena para la literatura. Su esencia, a fin de cuentas, es la melancolía, como la esencia del boxeo, el mejor de los deportes literarios, son la desesperación y la violencia.

Que el fut es una destilería de tristezas lo entiende Dan Kavanagh, que, ya lo hemos contado, no es sino Julian Barnes cuando escribe esas policiacas protagonizadas por un tipo gordo y violento que juega de portero, y al que debemos uno de los mejores inicios de novela: “Hay muchas maneras de romperle la pierna a un contrario”. O Nick Hornby, al que agradecemos de nuevo Fiebre en las gradas, un libro autobiográfico que no transita de año en año sino de partido del Arsenal en partido del Arsenal, un equipo que pasó de jugar mal y no ganar nada a jugar de un modo estetizado y ganar lo mismo —apostó a un entrenador francés—, y un equipo, por tanto, que ni mandado a hacer para hablar de la asimetría, la mezquindad propia ya no del futbol sino de la vida, que no es lo mismo pero se le parece; un libro, pues, que en realidad habla de la paternidad, la imposibilidad del amor, lo esquivo de la amistad: de lo caprichoso de cualquier empatía.

Así que, estimados lectores, ahora que se acerca el Mundial acérquense a esas almas gemelas, esos hermanos de lágrimas. O a otro que escribe aun mejor: Juan Villoro, tan melancólico que le va al Necaxa, un equipo sin ciudad fija. Ya le conocíamos Dios es redondo, inmejorable colección de crónicas/ensayos sobre el futbol, y sus conversaciones con Martín Caparrós, De ida y vuelta. Ahora circula otro compendio de textos breves, Balón dividido. No hay mejor preámbulo para el Mundial. La tristeza ácida de Villoro, su ironía, su entusiasmo escéptico, es un antídoto para las amarguras que nos dejará una selección sin luces, solemne, malechota. Que es, esa sí, como la vida misma, a diferencia de la buena literatura.