Malos modos

La verdad (y la mentira) de las mentiras

Quién diría que Corea del Norte se iba a situar en el candelero gracias a lo más simpáticamente dañado del cine gringo reciente. Así fue. Recordarán que dos chascarrilleros con una acentuada tendencia a la pachequez autocomplaciente, Seth Rogen y James Franco, tuvieron la ocurrencia de estrenar una peli, The Interview, que especula en tono de farsa con la posibilidad de un atentado contra Kim Jong-un, el mandamás norcoreano, y se desataron los infiernos: Corea del Norte respondió con un ciberataques que puso en solfa a varios capos de la industria gringa del entretenimiento y se permitió amenazar con atentados terroristas contra las salas que la estrenaran.

La cosa tiene su ironía. Michael Moore ha dedicado años a denunciar la presunta naturaleza antidemocrática de los Estados Unidos sin resultados aparentes en la geopolítica o la política interna de su país, eso desde el púlpito de la corrección política y el supuesto documental, y viene esta versión reloaded de Cheech and Chong a causar un problema internacional de muchos vuelos con una ocurrencia. Ni hablar: una broma carga mucha más verdad que dos horas de propaganda. Pero no son Rogen y Franco los únicos que han volteado hacia Norcorea en fechas recientes. Circula en librerías El huérfano, de Adam Johnson, Pulitzer novelero de 2013, otro que sabe de mentiras, pero de las buenas, esas que le gustan a Vargas Llosa: las ficcionalizadas. El libro cabalga entre el thriller de espías y la novela distópica, pero sobre todo logra, en efecto, un retrato verosímil, certero, del infierno que se inventó Kim Il-Sung, que es, como sabemos, un infierno secreto del que tenemos pocos datos y menos testimonios, ninguno digno de algo menos que el horror. ¿Cómo se vive en una sociedad controlada hasta en el último resquicio por la estructura represiva del Estado, totalmente blindada al exterior, que fracasó en lo económico de un modo que hace ver a los hermanos Castro como a dos genios de la Escuela de Chicago, que rinde culto a su Querido Líder en turno al punto de dejar a Mao o a Hitler en calidad de diletantes del autocebollazo? Es imposible decirlo. El abismo totalitario que es ese país resulta inaprensible. Pero Johnson, narrador de muchas habilidades aunque también cierto tendencias al exceso (a veces parece demasiado ansioso de replicar el mundo entero en una novela) lo logra con enorme gracia. La gracia, se entiende, del mentiroso.