Malos modos

Romero, el señor de los zombis

Antes de él, los zombis se conjugaban en singular. Eran siempre el zombi, un monstruo solitario a la manera del vampiro o el de Frankenstein aunque segundón, que el cine gringo de bajo presupuesto le había robado a la religiosidad haitiana, con muchísimas libertades interpretativas. Pero George A. Romero, que se negó siempre a tomarse en serio y que no se dedicaba a cacarear la carga metafórica que tenían sus ejércitos de muertos vivientes, esa lectura social y hasta política del zombismo, entendió muchas cosas antes que la mayoría. A pesar de que en este espacio están vetados los hombres que le gustan demasiado a las mujeres, le doy la razón a Anthony Bourdain, que tuiteó con escueta brillantez: “lo cambió todo”, mérito que implica, claro, entenderlo todo.

Entendió que el cine de terror no necesita de grandes presupuestos para ser redituable; que es una inversión relativamente segura y en todo caso no muy arriesgada; que tiene aficionados de culto, de esos que nunca fallan y que garantizan el negocio. Y cambió la industria, junto a una generación de freaks notables: John Carpenter, Tobe Hooper, Wes Craven, o sea, los señores de Halloween, Masacre en Texas y Pesadilla en la calle del infierno. Jefes.

Entendió que a los zombis siempre se les mata con alguna forma de perforación que alcance al cerebro, y con eso creó una nueva adicción. Hoy, en la era de The Walking Dead, sabemos que no hay una cantidad de cráneos reventados que pueda satisfacer nuestra voracidad de yonquis, y que además esa adicción es la única adicción visual y auditiva a un tiempo: nos gusta ver el cuchillo que entra por la sien o atraviesa la córnea, pero también el sonido que produce esa herida.

Entendió, sobre todo, lo apuntado líneas arriba: que no basta con el monstruo solitario, romántico, a fin de cuentas triste, enamoradizo como Drácula o asustado como el de Mary Shelley. Que ese monstruo necesita el —va término mamón— correlato del monstruo colectivo por excelencia. Que el zombi es, sí, una gran imagen de lo que quieras: las masas alzadas y furiosas, el racismo, el fin del mundo, la alienación colectiva del capitalismo salvaje.

Entendió, pues —vean a esos antihéroes siempre arrinconados entre miles de muertos andantes—, lo que sabemos desde la tragedia griega pero se nos olvida: que estamos irremediablemente solos en un mundo de violencia colectiva descerebrada.

Se nos fue George A. Romero, el director de La noche de los muertos vivientes.

El señor de los zombis.

La vida es, ya, mucho peor.