Malos modos

La risa de Ultiminio, boxeador

Sí: el boxeo es darwiniano. Una pelea implica un castigo como el que no exige ningún otro deporte. Primero, la preparación física que es obligadamente despiadada —en rounds de manoplas y costal y sparring, en kilómetros de trote a la madrugada—, según comprobó el artemarcialista Conor McGregor en el show que protagonizó con Floyd Mayweather, un show en el que él, un atleta excepcional, la estrella de la UFC, no tenía ya piernas ni aire en el sexto round. Luego, la pelea misma: minutos eternos, hasta 36, de golpes secos al cuerpo y a la cabeza, cimbrada con esos guantes acolchonados que evitan cortadas y fracturas al precio de sacudir el cerebro. El dolor de sobrevivir, redefinido.

Pero no es solo por eso que el boxeo es darwiniano. Mayweather se embolsará hasta 300 millones de dólares por la pelea, y McGregor unos 100. Claro. Tienen talento y disciplina, saben negociar, saben de mercadotecnia. En cambio, un chico tímido que pelea cuatro o seis rounds, en México, puede cobrar 3000 pesos por la función, de los que le quedará la mitad. 1500 pesos por jugarte la vida, por meses de trabajo, sin seguro médico, sin nada. Sobreviven los más fuertes, sí. Poquitos.

Así y todo, probablemente el chico sonreirá: el boxeador es un darwiniano con clase. ¿Cómo sorprenderse entonces de que el boxeo sea uno de los temas de la literatura desde el XIX? De London A. J. Liebling, a Garibay con su Púas, a Mailer con su Ali, a Cortázar con su Kid Azteca, muchos voltearon hacia ese hombre sangrante que es feliz en la autodestrucción. Pienso en esto mientras veo a Ultiminio Ramos, el Sugar de Matanzas, en El asalto a la razón con Carlos Marín. Lo conocí hace unos años, mientras grabábamos un programa. Impecable en ese traje de tres piezas, erguido, sólido, era un conversador simpático que, acaso sin estar sumido en la miseria de tantos otros ex campeones, distaba de rico. Exiliado del castrismo como Mantequilla Nápoles, no lucía amargado ni triste, pese a que se retiró prematuramente luego de que murieran dos de sus rivales. Con todo, la vida, esa vida, lo alcanzó. Murió hace unos días, a los 75, joven. En el programa con Carlos, ya casi no podía hablar. Pero algo podía hacer: reír. Ultiminio, “el champ”, boxeador a cartas cabales, o sea sobreviviente al deporte más darwiniano y más hermoso que existe, ríe pleno, feliz, bueno, a cuadro.

Una risa como esa, notablemente, no está en ninguno de los grandes libros sobre la dulce ciencia. No es culpa de los escritores. En eso, también, era único.