Malos modos

Contra el respeto

Siempre me ha parecido peligrosa la idea del respeto, que es lo que piden los promotores de las peores causas antes de emprenderla contra alguien. El caso más contundente y más triste, entre los últimos, es el del atentado contra CharlieHebdo, pero quien haya leído los recuentos de atrocidades perpetradas por el yihadismo en Francia, Reino Unido, España u Holanda, de los atentados en Madrid y Londres al asesinato de Theo van Gogh, recordará que el reclamo, una y otra vez, ha sido el mismo: respeto. ¿Respeto a qué? A mi derecho a hacer lo que me plazca en nombre de dios sin que nadie píe.

Desde luego, el respeto no es un cheque en blanco para uso exclusivo de yihadistas. Lo agitó entre los dedos el cretinazo de Hugo Chávez cada vez que tuvo la ocurrencia de “desprivatizar” algún medio (por lo del respeto a la voluntad del pueblo venezolano), como los matones de ETA cada vez que la tomaban contra un periódico español (por aquello del respeto a la voluntad independentista de los vascos). En México lo escuchamos reiteradamente en los días del viejo priismo: “El Estado mexicano reconoce y protege la libertad de expresión, pero usada con respeto.” Para no hablar del Peje (con todo rejpeto), que no llamó nunca a la yihad contra los medios pero hizo y hace lo mismo que los yihadistas, es decir, atribuirles a saber qué papel en una vastísima conspiración, para luego, cuando vienen los empujones, los insultos y los huevazos, callar con prudencia. O con respeto.

Me vienen a la cabeza estas ideas desordenadas justamente a raíz del atentado contra el semanario francés. El lamento fue unánime y la manifestación enorme, pero ya aparecen los que le ponen asterisco a su condena: que claro, que es reprobable lo que pasó, pero que la sátira era excesiva; que la provocación no venía a cuento; que la población musulmana es víctima de “islamofobia” y la sobrerreacción resulta entonces esperable. La verdad es que, como dijo David Brooks en un artículo muy difundido el domingo, no todos “somos Charlie”. Los caricaturistas asesinados eran irrespetuosos, gamberros, radicales: llegaban a los límites en la sátira. Se metieron con Alá, sí, y con los terroristas, y con los blandengues que se olvidan de que a ellos, como a los musulmanes que los ametrallaron, los rige la ley francesa, no la del islam. Pero las libertades francesas, como cualesquiera otras, no se miden adecuadamente por la tolerancia a los blandengues o a los dignos mesurados, sino por la protección a las ladillas tipo Charlie Hebdo: a los que patean la imagen de dios, una necesidad para cualquier sociedad civilizada. Y hablo de cualquier dios: el musulmán, el venezolano o el del Zócalo. A todos les toca aguantar vara.