Malos modos

El pecado del éxito

Durante años, los libros de Mario Puzo me gustaron con culpa. Hasta que en 2009, en Bogotá, bajé con El padrino en la mano a amortiguar la resaca con un desayuno pringoso del hotel Tequendama. Era temprano, así que no pensé encontrarme a ningún miembro de la delegación mexicana; nadie atestiguaría la superficialidad de mis hábitos de lector. Y me encontré con José Emilio Pacheco, que, como era su costumbre, empezó por preguntarme qué andaba leyendo. Atropellé la explicación, cachado in fraganti con un best-seller, ruborizado: “A-Puzo-José-Emilio-porque-me pidieron-una-nota-y…”  Hasta que: “¡Ah, Puzo! ¡Es un escritor magnífico! Siéntate, Julio, pide un café”, interrumpió, y no sostuve una conversación, sino que recibí una cátedra cordial, brillante y desprejuiciada de las obras de Puzo, que en un ratito dejó de ser un placer culposo para ser un placer publicable.

Traigo a cuento la anécdota porque ilustra uno de los vicios más arraigados del estamento literario mexicano: la convicción de que las buenas ventas implican la escasez de talento; la certeza de que el escritor no debe buscar lectores; la idea, pues, de que el éxito es un pecado. A esa idea se debe que los brillantes James Ellroy, Pérez Reverte (en sus momentos), Stephen King (en sus momentitos) o Ricardo Garibay hayan encontrado tan pocos ecos en una crítica literaria que en cambio enaltece a poetas y prosistas experimentalísimos sin un ápice más de profundidad que ellos, pero que, eso sí, aburren.

Lo abstruso no equivale a lo elevado, pero en México es rentable sostener que sí. La distancia con los lectores deja de ser un motivo de frustración o resignación para convertirse en una bandera cuando vender libros no es un requisito para pagar la renta. El sospechosismo frente al éxito y el cultivo orgulloso de 12 ejemplares vendidos y ni uno más son posibles en un país que alguna vez decidió que la creación artística debía ser pagada con dineros públicos, como si fuera de recibo considerarla un bien común (échense una buceadita por las colecciones editoriales de “jóvenes creadores”, compatriotas, y escriban a MILENIO para contarnos qué tanto se elevó su espíritu). Así que, miren por dónde, en una de esas el final de la renta petrolera y con ella de las “becas artísticas” trae una ventaja inesperada: la aparición, por fin, de escritores como los de todo el mundo, es decir, escritores que busquen el éxito. O sea: escritores que no estén libres de pecado.