Malos modos

Por qué no oigo a Silvio Rodríguez

Las redes sociales son verdes: reciclan información. Descubrí hace días una nota del año pasado que habla del desencanto con el comunismo de Silvio Rodríguez, el comandante en jefe de la Nueva Trova Cubana, y no he logrado salir de mi pasmo. O tal vez sí. Desde que se instauró en la URSS el totalitarismo de izquierdas ha sido fértil en propagandistas de más o menos talento que empiezan por abrir la boca con fervor en celebración del utopismo y terminan por cerrarla con prudencia cuando el utopismo desemboca en lo obligado: la represión, la dictadura, el desastre económico. Desde luego, la boca cerrada, o abierta selectivamente, puede acarrear beneficios: grabar discos, salir del país, comer carne, no ir a dar a las mazmorras, tener un departamento que da al malecón...

Tiendo a suspender o matizar el juicio ante este tipo de personajes, porque el peso del Estado totalitario es imposible de sostener, y juzgar a un sobreviviente de ese horror siempre es delicado. Ese tipo de incertidumbre es el que me provoca Pablo Milanés, recluido en un centro de “apoyo a la producción” el año 66 y convertido después en un embajador cultural de la misma dictadura que lo reprimió, con su beneplácito. Lo de Silvio es diferente. No ha tenido un problema con el régimen, sobra decirlo, pero es que todavía en 2010, en un debate con Carlos Alberto Montaner, se permitió decir, por ejemplo, que los “actos de repudio” contra las Damas de Blanco eran una reacción popular, espontánea, de indignación. En 2014, con la satrapía de los Castro convertida en la ruina de una ruina, ese mismo hombre que vio al “pueblo indignado” en el acto pandillero de humillar a mujeres indefensas en las calles descubrió en un “recorrido” por la misma ciudad que “la gente está jodida, muy jodida, mucho más jodida de lo que pensaba”. Sólo hay un modo de decirlo: no mames.

Dirán que por eso no oigo a Silvio. Se equivocan. Uno puede oír a Wagner y hasta a Manu Chao, o leer a Ezra Pound y a Mayakovsky, con culpa pero con provecho. No lo oigo porque, desde que mis amigos de adolescencia me llevaron a un concierto de la Nueva Trova en el Auditorio, Silvio me parece un petardo. No me gusta su timbre de voz, no me gustan esas declaraciones amorosas que son una metáfora del amor a la revolución, o viceversa. No me gusta, en fin, su mensaje sensiblero (aunque al final de aquel concierto me reservara prudentemente mi opinión: es que éramos de izquierdas). Con todo, le otorgo un valor: nos recuerda que dentro de todo promotor del autoritarismo hay un ñoñazo que trata de salir.