Malos modos

Maduro al piano

Nicolás Maduro, bailarín recurrente de salsa, subió al escenario, se sentó al piano y aventuró unos acordes. Fue el jueves, mientras los muertos en las protestas contra su gobierno, imparables a pesar de la brutal represión policíaca, se ponía a dos de la cifra de 60, superada este fin de semana.

 Es inevitable volver a Venezuela no sólo por la tragedia de ese pueblo que —luego de la expropiación de unas 1200 empresas y de tal vez un billón de petrodólares gastados en la utopía bolivariana— recoge comida de la basura, se muere por males curables en los países donde sí hay medicinas en las farmacias, ve a sus niños enterrados en cajas de cartón y, en el colmo de la ironía, carece de combustible, para no hablar de esa inflación del 799.9%. Lo es porque del modo en que se resuelva esa crisis, y particularmente del modo en que reaccione el mundo a ella, depende el futuro de la región. Y es que de la respuesta de países, medios, organizaciones internacionales, se desprende un mensaje poderoso que, de momento, no suele ser el correcto. Lo de Venezuela es llamativo por la combinación de complicidades inauditas y timorateces que blindan a esa autocracia musical. Sí: Maduro goza de solidaridades. No me refiero sólo a los intelectuales orgánicos de siempre, o a Cuba, sedienta de petróleo. Me refiero a la tibieza de varios países de la OEA, por un lado, y a los espaldarazos hipocritones de los tontos útiles de rigor, como José Luis Rodríguez Zapatero, que sigue haciendo llamados al diálogo —habrá que recordarle que es difícil dialogar con un revólver en la mesa, salvo cuando tú tienes otro—, o el del papa Francisco, artífice de una “mediación” francamente marrullera que en realidad sirvió para darle oxígeno a la tiranía.

Maduro y compañía —para empezar Diosdado Cabello y el vicepresidente Tareck El Aissami, acusados de narcotráfico— se niegan a ceder el trono porque además de todo se ha robado hasta las lámparas, y saben que lejos del poder les esperan los tribunales. No tienen escapatoria, pues. Se van a amarrar al timón hasta que se hunda el barco.

Estaba a punto de decir que en lo que uno piensa cuando ve a Maduro al piano es en Nerón, el emperador que cantaba a voz en cuello mientras Roma se incendiaba y al que alguien le dijo que un monarca podía permitirse todo, incluso arrasar con pueblos enteros, pero no cantar. La verdad es que la analogía es demasiado generosa. Lo único que puede decírsele al presidente que toca y baila en medio de la masacre es que por una vez, en nombre del decoro, pare de hacer el imbécil.