Malos modos

El Museo del Juguete, o nuestra memoria

Leo con pesadumbre en las páginas de MILENIO que el Museo del Juguete corre el riesgo de cerrar sus puertas. Ya he comentado aquí que se viene un año muy difícil en lo económico, lo que suele traducirse, como ahora, en recortes para el apartado cultural, y que podría ser un buen momento para discutir a fondo cómo se deben usar los escasos recursos disponibles no ya en este momento histórico, sino en general, en los años venideros. Es decir, cuáles son las prioridades en términos del interés común; qué es aquello que deberíamos salvaguardar a toda costa de nuestra riqueza cultural, y de qué podemos y hasta debemos prescindir. Mientras se da el poco probable escenario de esa discusión, parece que se perfila una primera víctima de la era Trump. Y es una pena que así sea, porque se trata de una institución verdaderamente necesaria.

Nunca olvidaré mi primera visita, que le debo, como otras cuantas experiencias felices y estrambóticas, al buen amigo y escritor que es Juan Villoro. Llegamos un domingo hacia el mediodía a lo que desde la calle parecía una bodega más en la colonia Doctores. Y no. Adentro nos esperaba el prodigioso abigarramiento de cientos y cientos de juguetes de todo tipo: nacionales y de fuera, pero siempre jugados por niños mexicanos; artesanales e industriales y hasta piratísimas, como ese pseudoPlaymobil/Santo Enmascarado de Plata que adorna una repisa de mi librero (fue un regalo, no empiecen con suspicacias); del siglo XIX y del XXI, pero sobre todo del XX; robots y cochecitos, joyas del Porfiriato, equipos enteros de futbol, pistolas, muñecas y peluches. Lo que quieran, pues, en un bombardeo de emociones que fueron de la sorpresa divertida a la franca incredulidad, y sobre todo a la nostalgia dulce.

Y es que, como resultará obvio, el Museo del Juguete Antiguo de México, fundado por ese coleccionista sin par que es el arquitecto Roberto Shimizu, es ante todo un encuentro con nosotros mismos, un mapa de nuestras emociones felices más fieles, que son aquellas que componen nuestros juegos de infancia. Es mucho lo que dicen los pasillos de barroco delirante del Mujam: que México tiene y sobre todo tuvo una industria juguetera de peso; que los jugueteros artesanos de este país, lejos de haberse estancado en un folclorismo cómodo, han evolucionado de maneras sorprendentes; que la televisión ha propiciado también una riqueza importante en la diversidad de los juguetes en este país, y que hemos abrazado con abandono y a veces adaptado con caradura lo que nos ha llegado de fuera.

Sobre todo, nos dice a nosotros, como todo buen museo.

De nuestra memoria común, vaya: de eso hablamos. Puestos a salvaguardar, no se me ocurre nada mejor.