Malos modos

Al miedo, de las solapas

Uno de nuestros primeros miedos, un miedo que exige mucho valor para encararlo y que vuelve con insidia en la madurez, cuando el tiempo se acelera con crueldad y la vida se empieza a leer en finales, es el miedo a perder a los padres. Ese es el motor de El patio de mi casa, la nueva película de Carlos Hagerman, un documental centrado justamente en la vida de sus mayores, Doris, educadora, y Oscar, arquitecto, que llevan muchos años juntos y que así, juntos, se han dedicado por décadas —todavía hoy, en sus setenta entrados: vaya pila— a trabajar con algunas de las comunidades más desamparadas del país, lo mismo en Chiapas que en Yucatán o Puebla.

¿Se trata de una película sobre la vocación solidaria de dos ciudadanos que como muchos otros, según repetía el público en la sesión de preguntas y respuestas con el director y la productora Martha Sosa el día del estreno, han ayudado a que en este país tan pinchito, tan injusto, tan cuesta arriba mejoren realmente las vidas de muchas personas, a pesar del crimen masificado y la corruptela política? Sin duda… Hasta cierto punto. Eso, en el última instancia, no tendría por sí solo nada de novedoso. Lo nuevo es la firmeza gentil para pensar en la vida que se va, el homenaje dulce a la familia y la amistad, y la capacidad sorprendente, rarísima, del director para eludir lo mismo el melodrama que el chascarrillo, el azote que la frivolidad, y transitar de forma suave, naturalmente, del humor cómplice a la nostalgia anticipada, de la melancolía amable al cariño físico.

No son nuevos en Hagermanestos logros y estos temas, como recordarán quienes hayan visto su reciente Vuelve a lavida, pero la mezcla a mitades de risas gozosas y moqueo lloroso en la sala dan fe de que en El patio de mi casa las armas están todavía más afinadas. Da gusto que una película como esta se asome a las salas mexicanas. Hay que decir lo dicho otras veces: que eso es posible, sobre todo, desde que empezó su paseo por el país Ambulante, un festival que cumple diez años.

Ojalá, también, que El patio de mi casa encuentre casa y comida en los festivales documentaleros del resto del planeta,  frecuentemente refractarios a cualquier cine hecho en el tercer mundo (perdón: en las economías emergentes) que tenga el valor de alejarse aunque sea un poco de la denuncia política o la “preocupación social” ostentosa.  Hagerman y el resto del talentoso equipo de El patio de mi casa lo tienen. Son valientes en términos creativos y en términos afectivos: toman al miedo por las solapas. Sin violencia, claro: con una sonrisa y lágrimas discretas en los ojos.

Vayan a verla. Ambulante apenas empieza.