Malos modos

La melancolía de James Bond

Perdón: vengo de unos días en Londres para entrevistar a Naomi Harris y probar unos Aston Martin. El motivo: Spectre, la última de Bond, sigue ahora su recorrido bajo la forma que prefieran —Bluray, DVD o descarga digital—, y la Harris, a quien tal vez recuerden como la inquietante Tía Dalma de Los piratas del Caribe, es la nueva —dinámica, entrona, eficaz— Moneypenny, mientras que el Aston Martin... Qué les digo: es el coche de Bond, el coche británico, todo clase.

La cosa es que hice la tarea: me puse a revisar no toda la saga, 24 entregas, pero sí 10 películas, entre ellas las protagonizadas por Daniel Craig. Lo digo como va, a sabiendas de que muchos fruncirán el ceño: Craig es un estupendo Bond, o sea, un estupendo nuevo Bond. Con el 007 empecé en los 80, es decir con Roger Moore, que —perdón de nuevo— a su vez me parece mejor que Connery para el rol. Lo veía con culpa gozosa. En tanto hijo de la izquierda, sentía algún conflicto por celebrar que un inglés cínico, bien vestido, anticomunista, representante postrero del imperialismo británico concebido para joderle la marrana al progresismo de Guerra Fría, no sólo se saliera siempre con la suya, sino que lo hiciera con esa deliciosa frivolidad. Luego perdí las culpas, al volverme el cerdo neoliberal que soy, y me limité a disfrutar de las chicas y del aplastamiento de cualquier enemigo del mundo libre, incluidos los terroristas —no reales aunque muy familiares— de los que dio cuenta Pierce Brosnan.

Sin embargo la verdadera revolución llegó con Craig, el más dotado de los actores que han hecho al personaje pero también el menos bondesco, gracias a esa cara de te voy a arrancar la cabeza y esa masa muscular inédita. Los ortodoxos no ven claro el cambio. Porque si bien Bond mantiene la capacidad de tirarse a quien quiera y usa esos trajes impecables, atraviesa paredes como bulldozer, se enoja, se enamora y, sobre todo, está triste. Tenía que ser. Luego de Brosnan, el Bond inmutable ya no daba más de sí. Era hora de darle al personaje intensidad, relieves, cercanía. Por eso Craig, y sobre todo por eso el fichaje de Sam Mendes, un director que, recordaremos, hizo Belleza Americana y Revolutionary Road, que no se distinguen precisamente por su alegría o su mirada condescendiente al amor.

Así que tenemos otro Bond, sí, que aunque es menos Bond es, me parece, más cine. Spectre y antes Skyfall, solo lastrada por un Javier Bardem inusualmente chafón, son películas con tenebra, con venenito, menos inofensivas. Melancólicas.

Claro que manejar un Aston Martin ayuda al ánimo.