Malos modos

Vargas Llosa y el liberalismo

Decía aquí, al comentar el último libro de Krauze, que no corren buenos tiempos para el liberalismo, entre tantos autócratas 2.0 y los analógicos que sobreviven. Correspondientemente, tampoco parecen buenos tiempos para proclamarse liberal, no al menos si te preocupan lo que dicen las redes sociales y algunos columnistas o moneros también analógicos: te ganas una especie de crucifixión por eso, por liberal, o más bien por neoliberal, esa mala palabra...

En realidad, ser liberal puede significar muchas cosas, como nos recuerda Mario Vargas Llosa en su último libro, La llamada de la tribu, una colección de ensayos-semblanzas de los autores más importantes en la evolución de su pensamiento desde el socialismo de juventud, que terminó de abandonar, como tantos otros, escaldado por la aberración del castrismo, hasta el liberalismo que defiende sin cortapisas desde hace ya unas décadas. Hay diferencias grandes entre Adam Smith, uno de los fundadores de esta doctrina que en realidad no lo es, o Von Hayek, muy anclados en la libertad de mercado, y el brillante Ortega y Gasset, que sin embargo no pudo ver que esa libertad, la de mercado, está irremediablemente ligada con las otras: la de expresión, la de elegir a tus gobernantes, la religiosa, la sexual. También hay diferencias entre, por ejemplo, Isaiah Berlin o Karl Popper, que estudian al filósofo antiliberal por excelencia, Marx, con respeto y hasta cierta fascinación, y Raymond Aron o Jean-François Revel, que llevaron a fondo sus críticas no solo contra el padre fundador de esa fe sino también contra su descendencia francesa, de Sartre, Foucault o Althusser.

Pero todos los liberales comparten un rasgo: son incómodos. Lo son porque el liberalismo discute muchas certezas que son tranquilizadoras, siempre con resultados atroces cuando se convierten en políticas: la prevalencia de lo colectivo sobre lo individual, la conveniencia de las economías centralizadas y planificadas, la apuesta por estados todopoderosos y sociedades hipernormadas en nombre de la utopía. Ser liberal es, en suma, abrazar la duda, lo que significa por necesidad: respetar el disenso, es decir, respetar no las ideas del otro, por favor, sino su derecho a defenderlas.

Vargas Llosa es también incómodo, como habrán notado en las últimas semanas, cuando habló de López Obrador o la libertad de expresión. En estos ensayos lúcidos y claros están las raíces de ese rasgo tan suyo. Léanlos. Permiten entender algunos rasgos tristemente muy nuestros.