Malos modos

Ese machín

Me voy a poner políticamente correcto, si lo quieren plantear así. Publicamos la semana pasada en Tribuna una variedad de artículos en torno a la persistencia del machismo, escritos por gente que de veras le sabe. Me quedé dándole vueltas, reforcé una certeza y consolidé otra: que las reivindicaciones feministas tienen vigencia, y que el virus del machismo, por llamarlo así, suele manifestarse de un modo grotesco o brutal, claro, pero que muchas otras veces se esconde con relativa sutileza incluso entre quienes fuimos educados por mujeres que triunfaron en la jungla laboral, sofisticadas, cultas y además feministas, como mi madre. Vaya, que, me parece, hablamos de una enfermedad marrullera: somos portadores y a menudo ni siquiera nos damos cuenta, como se desprende del texto que publica Galia García, agudo en el retrato de los usos y costumbres de mis congéneres.

Pensaba en esto porque tengo una hija de doce años a la que me gustaría ver en una sociedad justa y libre de violencias, pero también porque tengo un hijo de diez al que quisiera despojar de los atavismos francamente repulsivos que veo en mi día a día laboral o social. Y no sé muy bien cómo hacerle, la verdad. No soy experto en asuntos de género, no tengo lecturas sólidas en la tradición feminista; no me oriento en estos terrenos, pues. Así que, superficialmente, se me ocurre que podría decirle a Emilio que, sólo para empezar, a las compañeras de trabajo no se las saluda con un “Mi vida” y un pellizquito en la barbilla. Que está escrito en fuego que nunca le puedes contestar al cretino del mesero que te pregunta a ti “¿Qué va a tomar la damita: unas medias de seda, un Baileys?” Que cuando dices “Yo ni me meto a la cocina. ¡Es que Valeria parece una chef profesional!”, probablemente tu novia sea una gran cocinera, pero en realidad estés hablando de otra cosa. Que las chicas de la oficina no ansían que llegues a saludarlas con un beso en la comisura. Que aquello de que las mujeres son mucho más despiadadas entre ellas que los hombres es una sandez. Que cuando dices “Yo las respeto muchísimo. Me encanta Frida”, lo que probablemente estás diciendo es que las mujeres son buenas bestias y que lo de Frida es una excepción rarísima, como si abundaran los Picassos. Que a todos nos gusta ser mirados con deseo, pero que esas miradas no son las mismas que las de nacazo que se clava en el escote, las miradas del acoso, y que ante la duda siempre debes voltear para otro lado.

¿No es suficiente? Pues no. Pero si no podemos matar a ese machín que guardamos en el pecho, al menos podemos limarle los dientes. Y hablarle a Galia, en caso de duda.