Malos modos

La irrelevancia del Canal 22

El Canal 22 está turbulento. Tal vez leyeron las notas que dedican algunos periódicos y revistas a la renuncia de Juan Jacinto Silva, jefe de noticias, entre acusaciones de censura contra Raúl Cremoux; a la exigencia de que se fiscalice al canal publicada por Marco Lara y Fabrizio Mejía; a la dura carta que firmaron abundantes periodistas y creadores, o a los tuits de María Idalia Gómez que insisten en que Cremoux practica la censura.

Digo “tal vez” porque el asunto del 22 ha traído a casi todos entre el no me importa y el me vale madres. Cómo culparlos. No me consta que Cremoux le diera línea a Noticias; tampoco, que la desaparición de El Observador y Global 22 se deba a que ofrecían contenidos incómodos para Los Pinos. Él lo niega, comprensiblemente: tales actos no sólo serían indignos, sino, en pleno siglo XXI, de una rotunda idiotez. ¿En qué mente cabría “ocultar” a los espectadores el despido de Aristegui o “evitar” el reflejo de la violencia nacional en la programación, asuntos de sobra cubiertos por las redes sociales y los medios que sí tienen ratings importantes?¿Qué clase de periodista es el que patina de semejante forma, qué clase de funcionario, de intelectual? Pero la discusión debe ir a las profundidades. Cremoux debe extenderse en sus explicaciones y dejarnos a todos tranquilos no únicamente sobre estas acusaciones —no lo ha logrado—, sino sobre su proyecto: es su derecho y el nuestro, de los contribuyentes. Porque el 22 nunca fue un éxito de audiencia, pero con Pérez Gay, Straus y Volpi nos dio La dichosa palabra, importó Cuéntame, propició la irrupción de la agenda LGTB en la TV. Hoy, ni es visto masivamente, ni propone temas, ni, vaya, causa la menor preocupación en los espectadores. Así que le tocan tiempos duros. Porque, como dice con razón, su presupuesto es ínfimo, pero también porque la competencia es grande: la agenda cultural la cubren ya otros canales y la Web ofrece posibilidades infinitas. Así que, en los años que le quedan en el cargo, va a tener que hacer un esfuerzo imaginativo, establecer alianzas, provocarnos, sacudirnos, para contrarrestar la crisis de dinero que amenaza al 22, sí, pero sobre todo la de ideas, como se hace con eficacia en muchos ámbitos de la cultura estatal y como no pasa ni ha pasado en el canal que dirige, un canal aquejado, más que nada, de irrelevancia.

Antes, conviene que nos tranquilice sobre la última acusación que apareció en los medios. O sea, sobre los programas que, dice El Economista, le adjudicó a la productora de la que es socio su yerno.

Lo esperamos con la tele prendida. En otros canales, claro.