Malos modos

Todos somos infiltrados

Va de nuevo: por años, Luis González de Alba remató su columna con la exigencia de que se le entregara la Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas, el “héroe humilde” que murió tras lanzarse contra las llamas de la gasolinera a la que habían prendido fuego los normalistas.

No pocos se han hecho eco de esa petición. Resultado: ya se dejó ver la eterna letanía conspiracionista. Que no, que las gasolineras no explotan, que hay medidas de seguridad que lo impiden: todo estaba calculado para verle la jeta a la pánfila ciudadanía; y que no, que los que prendieron fuego no eran normalistas, que hay videos en los que se les ve huir por el lado de la policía. Vaya, que en realidad la petición de la Belisario sólo nace del afán de desacreditar a un movimiento que, supongo, deberíamos considerar impoluto, irreprochable.

El problema es que semejantes premisas suponen pasar demasiadas evidencias por alto. Supone olvidar que Rivas efectivamente murió quemado, con lo que algún peligro habría a pesar de las extraordinarias medidas de seguridad que garantiza Pemex. Supone convertir a voces disímbolas y que además publican en medios que compiten —como las de Héctor Aguilar Camín y Héctor de Mauleón, colegas en Nexos, sí, pero también las de Enrique Krauze, Javier Solórzano, José Cárdenas o Pablo Hiriart— en parte o de un compló o de una epidemia de lavado de cerebros. Supone, sobre todo, pasar por alto que en Ayotzinapa se rinde tributo a aparatos ideológicos criminales, inaceptables, o sea, las estrellas rojas y las soflamas leninistas y al Che, o esos violentísimos ritos de iniciación de los que nos habla en su libro Sergio González Rodríguez.

Supone, pues, pasar por alto que no es necesario beatificar a un muerto para lamentar su suerte atroz, como las de esos 43 chicos. Y eso le quita el chiste a todo, porque a ver luego cómo haces crónicas ñoñas en las que le regalas piñatas de Marcos a un niño, o te pones en trance con el pase de lista. Con lo sabrosos que son la embriaguez que produce la fe y el cosquilleo de la superioridad moral…

Pero, decía, no hay sorpresa. Es el síndrome de “El hombre que fue jueves”, esa novela de Chesterton en el que al final toda la célula terrorista estaba compuesta por policías encubiertos. Y es que el pueblo bueno es incapaz de secuestrar un camión o quemar una pipa. Eso es exclusivo de infiltrados del establishment, que convierte le realidad en una puesta en escena, onda los Expedientes X.

Chesterton es irónico. Aquí no cabe la ironía: en serio, todos somos infiltrados.

No, pues perdón, caray.