Malos modos

¿Que se acabe este pinche año?

He oído a muchos parientes y amigos, francamente más de los habituales, recitar el mantra de todas las últimas dos semanas de diciembre: “Que se acabe este pinche año, ¿no?”. La última andanada de comentarios de este tipo vino, por supuesto, con la muerte de George Michael, efectivamente inesperada, prematura y triste. Y es que mis amigos y parientes, que con la edad se han vuelto melancólicos, se referían a la presunta terrible tasa de mortandad entre los famosos —particularmente los que nos resultaban entrañables—, que ha distinguido a un año que, por lo demás —por la economía, por la sensación de que las fuerzas del mal se adueñan de lo geopolítico, por las guerras—, no deja, en efecto, un sabor de boca muy grato para casi nadie.

Como la edad a mí me ha arrimado más bien hacia la discusión estéril, según quedará claro en estas líneas, llevaba las mismas semanas diciéndoles que no, que todos los años es más o menos lo mismo, que debemos estar dentro de la estadística; que es una sensación provocada por desajustes emocionales o tal vez químicos, que mejor revisen qué onda con ellos no ahorita, pero a partir de enero.

Y no.

Leo en un artículo igualmente estéril de la BBC que su editor de obituarios, Nick Serpell, se puso a sacar números y en efecto, la matazón ha sido de consideraciones: el aumento de obituarios —y no entro en detalles aburridos— ha sido intimidante.

Así que hago un recuento mental y, caray, vaya año: están George Martin, David Bowie, Leonard Cohen, Harper Lee y Umberto Eco, nombres de esos que logran causar tristeza universal, pero también los menos consensuales, como Mohamed Ali, la arquitecta Zaha Hadid, el gran Elie Wiesel, Prince —que rozó el genio y fue testigo de Jehová, una doble condición francamente no muy habitual— y Juan Gabriel en el ámbito hispano, a quienes se suman esos que forman la nómina más personal del luto, los muertos que son más cercanos, más entrañables. En mi nómina están el gran Alan Rickman, con una capacidad única para la sobreactuación socarrona y adictiva, y Robert Vaughan, que sintomatiza bien la edad a la que he llegado porque si algo le agradeceré siempre es El agente de CIPOL, una serie viejísima que no pienso ver de nuevo porque luego vienen las desilusiones. Los años no perdonan.

Así que me paro a reflexionar y concluyo: “No, pues sí, que se acabe este pinche año”. Y entonces recuerdo que estamos a escasas semanas de que nos gobierne Donald Trump, y siento una nostalgia anticipada por 2016.

Que 2017 los llene de bendiciones.