Malos modos

Hasta nunca, comandante

Me invitan Leo Zuckerman y Javier Tello a intervenir en una mesa de análisis sobre el legado de Fidel. Estoy bien acompañado: participan Héctor Aguilar Camín y Jorge Castañeda. Adelanto las conclusiones, compartidas en lo esencial y que ya publicaremos en extenso.

Castro tuvo éxito, enorme, en un solo ámbito, que fue el de la conservación del poder. Nadie le ganó en ese juego. Pactó con dioses de la tropicalización petrolizada, diablos de la cortina de hierro u hoteleros españoles; reprimió con mano de hierro y socarronería habanera; tuvo el verbo más eficaz de la política del segundo siglo XX; creó un eficaz aparato de propaganda exterior, y supo rodearse de eso que —creo— el bisabuelo de los caciques totalitarios, Lenin, llamaba “tontos útiles”: los Maradona-Oliver Stone-Chomsky, que antes fueron Sartre y el resto de la lista. En todo lo demás, su historia, y por lo tanto la de la isla que gobernó como si fuera un rancho, fue un fracaso.

Lo fue en términos de las libertades individuales, sobra aclararlo. También en términos de crear una economía y un aparato productivo solventes: condenó a Cuba a la mendicidad, de Hugo Chávez o de la URSS. Lo fue en términos de expandir el utopismo al resto del continente, al que a cambio bañó de sangre, por aquello de que no hubo una guerrilla de peso que no se entrenara en la isla. Lo fue en términos de crear una sociedad igualitaria: no hay mayor desigualdad que la de un orden en el que la movilidad social está prohibida por decreto, porque la desigualdad quedó desterrada por decreto. Y lo fue incluso —ya lo dije en este espacio— en los terrenos donde se le atribuyen más logros: el de la salud, porque construir una sociedad de médicos sin medicinas no es un logro bajo ningún estándar lógico, y sobre todo el cultural y el educativo. Salvo que se considere un logro cultural y educativo construir un mundo en el que son ilegales el cine gringo, el rock, las grandes editoriales de la lengua española o el 98 por ciento de los pensadores de Occidente, y del que ponen tierra de por medio Guillermo Cabrera Infante, y Celia Cruz, y Reynaldo Arenas, y Severo Sarduy, y Cachao, y Eliseo Alberto, y Carlos Franqui, y Jesús Díaz y Rafael Rojas, o donde se silencia humillantemente a Heberto Padilla.

Que hay que hacer un balance desapasionado de su herencia, leo aquí y allá. Que hay que respetar el luto. Disiento: me parece que el final de un tirano se recibe con alegría. Que en estos días oscuros nos merecemos, se merecen los cubanos, festejar. Que se vale confiar en que algo, por fin, terminó con la muerte de ese anciano cruel.

Hasta nunca, comandante.