Malos modos

"Cuba Stone"

¿Qué pasará con las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos? No es una de las primeras preocupaciones del México actual y se entiende que no lo sea, dada la amenaza de las deportaciones y la cancelación/revisión/manipulación demagógica del Tlcan que se nos viene encima, pero la pregunta, con mirada más amplia, más planetaria, tiene algo de urgente, porque Trump se dedicó a seducir al exilio cubano de Florida durante la campaña, y Cuba es todavía una pieza importante en el entramado geopolítico. El caso es que la historia nos repite esa lección: un solo imbécil puede terminar con un mundo, siempre que tenga la suficiente determinación y que las circunstancias le sonrían. Es el caso del presidente electo, que sin haber ocupado la Sala Oval ya hace ver aquel universo de buenas relaciones bilaterales, fronteras abiertas y Obama cantando entre jazzistas como parte de un pasado remotísimo.

En lo que respecta a Cuba, lo que parece remoto es esa semana del aliviane, del “inicio de una nueva era de apertura”, que empezó justamente con la visita de Obama y cerró con el concierto de los Stones. De ahí la pertinencia de Cuba Stone (Tusquets), un libro compuesto de tres crónicas sobre dicho concierto y editado por Leila Guerriero. Los trabajos de Javer Sinay, periodista argentino, y Jeremías Gamboa, peruano, novelista, son muy buenos. Me concentro sin embargo —falta espacio— en la aguda crónica de Joselo, integrante de Café Tacvba y escritor de sobradas condiciones —lean One Hit Wonder (Almadía), brillante volumen de cuentos. Es mucho lo que dice Joselo en “Cambia, todo cambia”. Hay en esa crónica un acercamiento irónico al culto a los Stones, reflexiones perspicaces sobre el rock mexicano y cierta sorna en torno a nuestra manera de ver la Revolución Cubana, sin mencionar esa agradecible ironía autoinfligida. Pero hay sobre todo una mirada aguda y escéptica al concierto mismo: esos europeos mucho más entusiasmados que los jóvenes cubanos que francamente prefieren el regaetton —ah, el triunfo cultural de esa revolución—, el misterio de quién y por qué financió el concierto, y sobre todo el contexto de una Cuba que no deja de reprimir con mano de hierro y sin guante de seda, esa Cuba sin en la que Internet es un privilegio de pocos, sin prensa libre, con marejadas de universitarios condenados a trabajos miserables —ah, el triunfo educativo de esa revolución—, aislada del mundo, excéntrica, encantadora desde luego.

Un libro pensado en días muy diferentes, los del mundo que se fue y que atina a narrar a pie de banqueta, con gracia, como para que se nos humedezcan los ojos por la nostalgia. Y es que les digo: marzo de 2016 está lejísimos ya.