Malos modos

Cómo enriquecerse con los libros

Es algo así como un tic recordar lo de que en México, un país invulnerable a las tentaciones de la lectura, hay sin embargo avidez por los libros de Historia, lo que deberíamos entender como un rasgo excepcional nuestro. A fin de cuentas, nos decimos, ¿a quién sino a un excéntrico le puede interesar un tabicazo de setecientas páginas lleno de minucias biográficas, cruces de datos, citas y fichas? La respuesta es: a unos cuantos millones de personas en diferentes países. Lo siento, pero tampoco en ese sentido somos excepcionales. La Historia gusta, incluso entusiasma, y constituye una rebanada importante del mercado editorial en tierras tan distantes como España y los Estados Unidos. Desde luego, no toda la Historia: sólo la que, sin renunciar al rigor, a la investigación en profundidad, está bien contada. Me refiero a la que en México practican Enrique Krauze o Jean Meyer, con antecedentes como los de Fuentes Mares o Luis González y González, y sobre todo a esa que nos llega desde tierras británicas.

Malditos ingleses. Pienso con envidia en sujetos como Anthony Beevor, un historiador militar que ha inundado las librerías con volúmenes interminables sobre asuntos que uno pensaría ajenos a los intereses de las mayorías —la batalla de Stalingrado, la vida de Vassili Grossman— y que se ha hinchado los bolsillos al hacerlo. Lo que pasa es que el caballero tiene una capacidad narrativa envidiable, de escritor en serio, de cronista de raza, y se ha sabido colocar en una suerte de terreno intermedio, equidistante de la divulgación y del típico petardo académico con más citas al pie que cuerpo de texto. Porque no se trata de Historia light. La Segunda Guerra Mundial es otra desde que la agarró por la solapa el señor Beevor, de la misma forma que Ian Kershaw hizo aportaciones extraordinarias a la biografía de Hitler con un éxito parecido de ventas. ¿Qué descubrieron Beevor y Kershaw? Nada. La Historia nació de hombres como ellos, curiosos y obsesivos pero con gusto por el arte de contar. Lean sino a Herodoto, o a Gibbons, o a Theodore Mommsen.

El último  libro de esta familia feliz se lo debemos a Margaret McMillan, catedrática de Oxford. Se llama 1914.De la paz a la guerra, y consiste en 800 páginas sobre la Primera Guerra Mundial. No hay una mala. La señora es otra que sabe contar historias, y la de aquella pesadilla entre las trincheras necesitaba ya un golpe de taquilla como éste. Lo recomiendo enfáticamente. Para conocer la Primera Guerra, sí, pero también como una forma de aprender a enriquecerse con un libro bien hecho. No hay secretos. Primero, léanlo. Luego sólo queda chambearle unos quince años, como habrá hecho doña Margaret. Dinero fácil.