Malos modos

La dulce ciencia

Que el Estado use el dinero de los contribuyentes para financiar la creación artística es una anomalía. El argumento a favor de esta tradición, imagino, es que ese dinero vuelve multiplicado los ciudadanos bajo la forma de algún tipo de engrandecimiento espiritual. Aparte de que basta con asomarse al catálogo de, digamos, la colección Tierra Adentro para disolver esta certeza, son varias las pruebas de que la estrategia es contraproducente para la creación misma. Pienso en lo paupérrimo de nuestra prosa deportiva, sobre todo de la boxística.

El boxeo le va bien a la literatura y la crónica, sobre todo cuando los autores son norteamericanos. Hablo de London, Hemingway o el Mailer de El combate, claro, pero también de Gay Talese cuando narra el encuentro de Fidel Castro y Muhammad Ali, de Budd Schulberg con Más dura será la caída, de Joyce Carol Oates con On boxing y de A. J. Liebling con The Sweet Science.

¿Y México? Tal vez el ejemplo del box sea el más representativo del desastre que dejan tras de sí nuestras políticas culturales. Presumimos un gran pugilismo: sólo Estados Unidos tiene más campeones mundiales. Pero nuestros escritores no se han enterado. Sí Leñero, sí Ramón Márquez, sí Héctor de Mauleón y sobre todo Garibay —librazo, Lasglorias del gran Púas—, pero la lista es corta y se trata de autores con una amplia variedad de intereses que han visitado el boxeo escasa y aleatoriamente. La primerísima razón de este contraste binacional es que los yanquis se tienen que buscar la vida: sin la mano compasiva del Estado, se ganan la chuleta donde pueden y, claro, la crónica deportiva es una buena fuente de dólares. Entregar a tiempo y ver cómo carajo conquistas a los lectores, hacerte de un mercado, pues, resulta indispensable. Así se hacen las grandes literaturas; así se logra escribir de deportes como dios manda.

Celebro, por eso, que haya valientes —o kamikazes— dispuestos a gastarse el dinero, el propio, en una idea editorial como La Dulce Ciencia. Incluye una revista gratuita, Esquina Boxeo, y unos cuantos libros, entre ellos una magnífica excentricidad histórica como El boxeo científico de Salvador Esperón, un entrenador del Porfiriato. Hecho no menos celebrable, incluye también a un muy buen escritor contemporáneo, Luis Miguel Estrada, autor de Crónicas a contragolpe, que por la precariedad del mercado editorial no encontrará muchos espacios para hacerse leer.

La Dulce Ciencia publica en sociedad con el INBA y Conaculta, lo que nos pone frente a otro tema: el del Estado editor. Volveré a ello. Mientras, bien por ambas instituciones, que optan por asociarse con los editores independientes en vez de pelearles el mercado.