Malos modos

Marchar en la era de la náusea

Me cuento entre los pesimistas. Estoy convencido de que vamos a recetarnos los cuatro años de la administración de Trump y ni siquiera descarto que repita, si su modo pirotécnico, inmediatista e irresponsable de entender los asuntos de negocios y finanzas –ese proteccionismo tan cutre– en efecto propicia un subidón temporal en la economía gringa, según la vieja receta populista. Luego vendrá el desastre, como vaticina la mayor parte de los economistas serios. Da igual: le alcanzará para acomodarse en la silla. Amárrense los cinturones y tengan a mano las bolsas para el mareo. Inicia la era de la náusea.

De entrada, por eso es que el sábado festejé menos que muchos de mis allegados la proliferación de manifestaciones anti-Trump. Pero mis dudas tienen que ver en realidad con dudas profundas, de raíz, sobre el sentido mismo de las marchas.

No tengo el corazón de hielo. Me alegra, de entrada, el cambio de –perdonarán el terminajo– paradigma cultural que significa que hayan sido “marchas de las mujeres”, es decir, orquestadas, convocadas, encabezadas por mujeres. En EU, y en muchos otros países, las mujeres organizadas en torno a una agenda de igualdad de género, de fin de la violencia machista, de defensa, pues, de derechos elementales, han sido muy exitosas. El cambio radical es que ellas son ahora la punta de lanza de una movilización que envuelve a todos los agraviados pasados, presentes y futuros de Trump: inmigrantes, colectivos LGBT, hombres asqueados por la concepción de masculinidad de su presidente, organizaciones contra el racismo y hasta políticos. Qué bueno. Yo no dudaría en seguirlas.

Sobre todo después del discurso de toma de posesión, que –lo dijo bien Enrique Krauze– es el discurso de un fascista, celebro también que cientos de miles de estadunidenses hayan decidido recordarle a su presidente que no se manda solo, que hay oposición, que fueron más quienes no votaron por él, que no se debe en exclusiva a sus votantes y a sus certezas.

El problema es que una movilización no es un movimiento. Las marchas, que provocan una catarsis colectiva y brindan la sensación inmediata del deber cumplido, pero que aburren pronto, fatigan y generan desesperanza porque no tienen efectos inmediatos, son organismos autodisolventes. Sacar al fascista americano del poder, o acotarlo hasta que los votos lo manden al carajo, va a requerir mucho más que manifestarse. Requerirá eso: un movimiento progresista amplísimo y sostenido como el que hace muchos años que no se ve en aquel país.

La era de la náusea va a durar.