Malos modos

Un disidente en Chapultepec

En octubre de 2007 El País vio cómo varios de sus redactores coqueteaban con el amotinamiento. El motivo: la editorial del día, que trapeaba con la figura del Che. Uno se puede imaginar las caras de pasmo, los dedos crispados en torno al primer café del día: “¿¡Qué!? ¿Un diario de izquierda que descalifica a El Libertador? ¿Cómo que lo gobernaban pulsiones totalitarias, que fue otra edición del caudillismo latinoamericano, que erró en cada una de sus ideas, para empezar en el mentado “foquismo”? ¿Nos infiltró la CIA, o qué carajo?”

Los había infiltrado el espíritu crítico. Fue un momento importante para el periodismo y para la izquierda: un ejercicio de autoconciencia, revisión de certezas, apuestas democráticas. Las críticas, todas, eran acertadas. La más dolorosa para quienes seguían anclados en el mito; sin embargo, habrá sido la que dice que un hombre decidido a entregar su vida por sus ideas es un hombre decidido a entregar las vidas de los demás. Y sí. El Che fue un fanático que se ponía en éxtasis con tiros de gracia al tiempo que se iba a hacer un ridículo de estrategia militar a Bolivia, y esos ridículos, sabemos, equivalen al suicidio.

¿Aplica esta norma a todos los rebeldes? Me lo pregunto mientras veo la pieza de Ai Weiwei, el más famoso de los disidentes chinos, en el Museo de Antropología. Habrán oído de él. Es conocido que transita del diseño al arte-arte y que éste lo entiende como una herramienta de rebeldía insolente y astuta; que fue sometido a arresto domiciliario; que lo liberaron luego de que se multiplicaran las protestas y que lo volvieron a detener en 2011, tras secuestrarlo durante 81 días, por delitos fiscales.

Si van al Museo verán en el patio un medio círculo de rostros zoomórficos a veces feroces, otras inquietantemente imperturbables. El zodiaco chino. ¿Arte mayor? No. Pero arte rebelde, y de ese no hay mucho. Porque a Ai Weiwei tal vez —tal vez— no lo fusilen, como es costumbre en esas tierras, pero lo desaparecieron aquella vez, y lo tienen vigilado en plan big brother, y demolieron su estudio. Él, sin embargo, sigue: pone el pecho. Pero no como el Che frente a las balas, porque no pertenece al linaje de Juana de Arco o Mel Gibson sino al de la disidencia soviética o al de Mandela. Al de esos sujetos sin pulsiones apocalípticas ni arrebatos redentoristas, conscientes de que a veces debes jugártela, pero que no aspiran a la inmolación y saben que la única vida de la que puedes disponer en nombre de tus principios es la propia.

Esos hombres llegaron lejos. En todo caso más que el Che, que no dejó sino un reguero de muertes y fracasos sociales. Ai Weiwei llegó ya, incluso, a Chapultepec. Vayan.