Malos modos

No me dejen educar a nadie

Hace unos días cuestioné el Nobel a Modiano en el programa que hago en Foro TV, Final de partida, y rematé con la afirmación de que la narrativa francesa no vive su mejor momento. Me ha costado una buena cantidad de críticas. Unas tienen que ver con mi presunta francofobia. No peco de eso, créanme. Pero en lo que quisiera detenerme es en los usos de la televisión, que es el otro tema de dichas críticas y que me parece digno de reflexión.

Me avisa Poncho Bautista de un texto en Facebook que se llama “Final de partida, en perjuicio de la cultura”. Dice el autor (siento de veras no conocer su nombre) que no debí criticar a Modiano, porque las críticas crean “prejuicios en los televidentes”, sino limitarme a “describir” contenidos. Reitera que la televisión cultural debe “describir, analizar”, y añade: “entusiastamente, los CONTENIDOS de las obras: esa debe ser su principal misión; si no el conductor comienza a (…) pastorear a sus fans”. Asegura también que mi crítica es injusta porque “el ACUSADO” no puede defenderse (las mayúsculas son suyas, el subrayado mío).

Les dejo unos razonamientos inevitablemente telegráficos:

1. La televisión neutralmente descriptiva no solo es imposible: el intento resulta aburridísimo. Es justo ahí, en el afán de neutralidad, donde se esconden muchos de los fracasos de la televisión cultural, que a menudo suena más falsa que una moneda de tres pesos. No sé si evito dormir a los espectadores; sé que ése no es el camino para evitarlo.

2. La descripción “entusiasta” no solo se contrapone al otro afán, el de la neutralidad,
sino que pone al conductor ante una disyuntiva: o mentir cuando el contenido descrito le resulte intragable, u omitir todos los contenidos intragables para no mentir.

3. No “acusé” a Modiano: hice una crítica, sin duda fallida, a su obra. Si una crítica equivaliera a una acusación, tal vez tendríamos que dar muerte a los suplementos culturales o retirar de internet los archivos de la revista Vuelta.

4. No tengo “fans”. Igual que todos, el programa que me ocupa en las noches es visto por espectadores imposibles de “pastorear”, no por un colectivo de cabezas vacías que esperan a ser llenadas con el discurso del conductor. Esta máxima aplica a la televisión cultural y a la que sea. Cualquier otro punto de vista es un desplante de condescendencia.

5. No solo no pretendo llenar la cabeza de los espectadores: ni siquiera pretendo “educarlos”, una palabra que no aparece en la crítica que cito pero que flota por ahí. En todo caso, aprovecho para pedir a mis posibles lectores que nunca, bajo ninguna circunstancia, me permitan educar a nadie. Ahí sí que la jodíamos.