Malos modos

'Ante todo, no hagas daño'

La llamada crisis de la mediana edad no tiene que ver solamente con la certeza de que las hormonas van a declinar, de que la papada avanza, de que te estás colgando con lo del antígeno y en general con la conciencia de la vejez, es decir, con la certeza de que esto se acaba y mejor exprimir hasta las últimas gotas del limón. No. Tiene que ver también con la trágica vulgaridad de los hospitales. Pasar de los cuarenta es descomponerse y ver descomponerse: empezar a sufrir tus averías y las de tus mayores. Pero sobre todo es entender que, como le dijo un médico amigo a mi madre, salvo muerte prematura todos tendremos alguna vez una crisis grave de salud. Lo que significa: una experiencia hospitalaria. Una experiencia con el horror.

Pienso en esto mientras leo las memorias de Henry Marsh, Ante todo, no hagas daño (Salamandra). No se trata de un relato lineal, sino de una serie de estampas hospitalarias de uno de los mejores y más famosos neurocirujanos del mundo, un sujeto que hasta su jubilación el año pasado —de la clínica londinense de St George`s— había operado a 15 mil personas con resultados a menudo brillantes, pero también, en ocasiones, atroces. Y es que el libro es eso: un testimonio de contundente honestidad sobre cuánto de falible y hasta de azaroso hay en el trabajo de cualquier médico, en este caso del que hurga en nuestros cerebros. De cómo en realidad los docs se enfrentan siempre a lo desconocido, que es nuestro cuerpo, y de cómo improvisan, y de cómo tu suerte tiene que ver también con su cansancio, su estado de ánimo, y hasta con la hora del día o el día de la semana en que decidas accidentarte o en que aflore el aneurisma. Pero el libro es más que eso. Marsh arremete cáusticamente lo mismo contra el sistema de salud pública británico que contra la práctica privada, y reflexiona sobre los límites de la empatía entre médico y paciente, y en general sobre las implicaciones de padecer un hospital. Y al hacerlo, y hablar con pasión y claridad de nuestros cerebros, y dejar ir ese humor tan british, y hablar sin tapujos de sí mismo, logra con su libro lo que hacen todos los libros de veras buenos: ponernos a pensar en nuestra propia condición. La de los pacientes. Y pacientes, ya decía el amigo de mi madre, seremos todos.

El título del libro, tan elocuente, es una frase atribuida a Hipócrates, el tatarabuelo de todos los médicos. A mí la que me vino a la cabeza creo que es de Voltaire: “No vayas al médico y sólo morirás una vez”.