Malos modos

Por un comité de demoliciones

Hace años, en alguna de nuestras muchas conversaciones ociosas (estudiábamos en Filosofía y Letras: sobraba tiempo), Fabrizio Mejía y yo especulábamos entre risas tontas con la idea de que si algún amigo escalaba posiciones en la jerarquía política le pediríamos que nos pusiera a cargo de un “Comité de Demoliciones del DF”. El objetivo: recorrer las calles y dinamitar las piezas escultóricas o murales que habían sembrado los regentes y delegados en su afán de embellecer la ciudad. La vida pasó, nos pusimos a trabajar o al menos a escribir, abandonamos por fin el lagartijero que era la entrada de la facultad, la ciudad no perdió un regentesino que ganó un jefe de gobierno y la ocurrencia quedó condenada a un archivo muerto… Hasta la semana pasada, veintitantos años después. De pronto, mientras avanzaba por Paseo de la Reforma, pensé que lo del comité no hay que descartarlo con tanta ligereza.

Y es que Reforma, como saben, se ha convertido en una suerte de galería escultórica al aire libre. Ojo: no me parece la mayor tragedia estética que le ha caído encima a esta ciudad, con todo y que hay algo francamente cansino en tanto surrealismo trasnochado. Lo que quería plantear aquí no era un debate sobre X o Y artista o pieza, sino preguntarme quién toma, hoy, semejantes decisiones estéticas. ¿Los delegados, que suelen comportarse como señores feudales y extienden sus voluntades —dios nos guarde— al terreno del arte público? ¿Algún funcionario federal con un canon plástico bien definido, y por lo tanto digno de redefinir visualmente nuestras avenidas? ¿Determinada oficina del gobierno chilango? No tengo idea; supongo que se trata de otro desastre multifactorial. Pero estoy convencido de que el modo en que una ciudad decide rediseñarse, dialogar con sus artistas: utilizar, pues, los espacios comunes, es un asunto lo bastante serio como para que se ejecute o a dedo o colectivamente pero en lo oscurito, en caso de que exista por ahí un consejo de sabios al que los gobernantes escuchan con respeto cada que una nueva estatua va a atravesarse en nuestro horizonte. Si existe, por favor, destituyan a cada uno de sus integrantes, no sin antes pedirles explicaciones por, digamos, esos murales piñatísimos que de pronto aparecieron en ciertas estaciones de metro (basta de relecturas de nuestro pasado precolombino, por el amor de Dios), o sobre la estatua del dictadorzuelo aquél.

Mientras, si se crea el Comité, me propongo como voluntario. Incluso sin goce de sueldo. Por mi ciudad, lo que sea.