Malos modos

¿Y si cerramos el Canal 22?

Pese a mis tendencias liberales, se me ocurren buenas razones para defender la existencia de la televisión pública. Entre ellas: que puede complementar e incluso contrapuntear las propuestas de las televisoras privadas; su papel en la formación de profesionales que luego enriquecen a otros medios; cierta libertad para experimentar, gracias a que no sufre eso que llamamos “dictadura del rating”, o sea, la exigencia de éxitos mesurables e inmediatos; y, por qué no, el hecho de que es una fuente de empleo para el gremio (de la que yo me beneficié durante unos años). El problema es que en México no tenemos televisión pública, si por eso entendemos algo parecido a, digamos, la BBC.

Escribí la semana pasada sobre las turbulencias que sacuden al 22, cuyo director, Raúl Cremoux, ha recibido algunas críticas fuertes por su presunta tendencia a la censura y el también presunto uso discutible (familiar) de los dineros del canal. Pero como dijo mi amigo Nicolás Alvarado cuando hablamos de este asunto en Foro TV, el problema de fondo, al margen del director en turno, es el modelo en que se asienta la institución. ¿Qué pasa con el 22 que no pasa con la BBC? Pasa que la designación del director se hace a dedo, desde Los Pinos o por ahí cerca, y no depende de algún órgano colegiado, independiente, que sepa algo del negocio, o algo de cultura, o que de perdida sepa que no sabe. Así, te pueden tocar directores capaces y propositivos, como había ocurrido, o, para usar un tecnicismo, te puede cargar el payaso. Pasa también que sufre un millón de candados normativos para hacerse de recursos por la vía que sea —patrocinios, publicidad, intercambios. Y pasa que carga con la muy mexicana piraña sindical, prendida a la yugular del presupuesto.

¿Va a cambiar este panorama? Difícilmente. El 22 le da igual a los medios de comunicación: no hay presión en su favor. Tampoco ha lanzado una propuesta revitalizadora que haga contrapeso a la crisis de dinero que padece, ya no hablemos de una propuesta que vaya a las raíces del problema. A todas luces no parece importar ni en los ámbitos legislativos ni a una administración federal que no se distingue por su sensibilidad cultural, con lo que adivinen por dónde va a llegar el próximo recorte. Así pues, si lo más probable es que siga depauperándose, si nadie tiene la iniciativa de reformarlo, si la competencia es cada vez mayor gracias a las nuevas tecnologías y si sobrevive malamente a una administración acultural: ¿vale la pena mantenerlo?

Me pregunto y les pregunto sin mala fe, con tristeza, si no convendrá más bien cerrar de una vez el changarro y pensar en otra cosa.