Malos modos

La caja idiota y la ley del 90 por ciento


Pasa todo el tiempo. Conozco a alguien en una cena, me pregunta a qué me dedico y cuando le contesto que, entre otras cosas, hago dos programas de TV, me responde como quien enseña una bandera: “Disculpa, ¿en qué canal? Es que no veo televisión”.

Caray con la bandera. Si me permiten la analogía, decir “No veo televisión” equivale a decir “No voy al cine” o “No leo libros”. La respuesta carece de dedicatoria: no implica una crítica a la televisión que hago, ni siquiera a la televisión mexicana en general. Implica cierta arrogancia. Implica que él no pierde tiempo con frivolidades y que la tv es esencial, naturalmente frívola; que es un medio que nació deforme, incluso perverso. ¿Lo es? Sí. O todo lo contrario. Como los libros, el cine o el teatro, para no hablar del arte conceptual o las redes sociales.

No es una idea nueva. Desde los 70, abundan teorías o bien sobre cómo las fuerzas del imperialismo, o “del mercado”, o “neoliberales”,  transmiten subrepticiamente sus valores nefandos por vía de un medio concebido para el lavado de cerebros, o bien —la versión light— sobre cómo la televisión es superficial por naturaleza: es la “caja idiota”. Suele serlo, sí, por aquello de la “Ley de Sturgeon”. El sujeto que la acuñó, Theodore, contestó así a la acusación de que 90% de la ciencia ficción es una mierda: “El 90% de todo es una mierda”.

La ironía, si hablamos de la tele, es que nunca antes había exhibido tanta capacidad de provocación, tanta profundidad, tan poca autocensura; tanta sofisticación. El fenómeno empezó a fines de los 90 de la mano de una cadena, HBO, y se ha extendido a varios canales de todo el mundo con audiencias enormes. ¿Frivolidad, complacencia, repetición de fórmulas? Qué va. En la televisión de los últimos años los protagonistas suelen ser cuarentones frustrados y con sobrepeso, los malos te conmueven con momentos de bondad mientras los buenos tienen secretos oscurísimos, actores mainstream disfrutan del sexo explícito frente a las cámaras, los personajes se casan con individuos del mismo sexo y forman familias amorosas, o fuman mota, les gusta el porno y sin embargo quieren a sus hijos. Adiós a los melindres, los maniqueísmos, la moralina, la dictadura del implante y los rostros bonitos. Un día los guionistas se adueñaron de la televisión de paga —ese es el secreto— y revolucionaron la cultura contemporánea.

Hay un libro reciente que lo ilustra con minuciosidad y gracia: Hombres fuera de serie, de Brett Martin. Único reparo: la traducción. Eso sí no cambia: entre los traductores españoles, la ley del 90% seguirá viva.