Malos modos

En busca del borracho entrañable

Necesito su ayuda. Me ocupa un libro comisionado por mis editores. De lo que se trata es de hacer una especie de historia del alcohol en cincuenta, cien tragos, pero no a la manera de los típicos libros con recetas de coctelería, sino a través de la literatura, el teatro, el cine, las artes visuales, la tv, la música. Es un libro que solo pueden escribir sujetos que han llegado a cierta edad, porque requiere de unos cuantos años como bebedor, lector y espectador, y un libro demandante, porque obliga a un fuerte ejercicio de relectura y sobre todo de memoria, un músculo que se atrofia en la madurez (sobre todo cuando llevas unos cuantos años como bebedor).

Así que en esas estoy, en el amable proceso de releer, con la atención puesta en una figura no muy habitual pero indispensable en un libro de esta naturaleza: la del borracho entrañable. De entrada, vuelve a sorprenderme el porcentaje de alcohólicos entre los autores norteamericanos. Y no es que sea un secreto, pero caray: Poe, Bukowski, Capote, Mailer, Hunther S. Thompson, Hemingway, Fitzgerald, London, Williams, O’Neil, Carver, Chandler, Hammett, Dorothy Parker, Ellroy... El problema es que no abundan entre ellos los personajes simpáticos: Hemingway y Mailer eran unos bravucones y Capote un mal bicho, Thompson acabó por meterse un tiro, London se las arregló para ser socialista y racista, de Ellroy ni hablar. Hay algo conmovedor en la manera en que Chandler se resigna a recaer en el bourbon porque el bloqueo creativo no lo dejaba entregar el guión de La Dalia Azul, pero conmovedor en un sentido triste, crepuscular. En México el panorama no es mucho más alentador, entre la depre amarga de Rulfo y el cretinismo de Parménides García Saldaña.

Así que estoy en problemas. Como siempre, la literatura no ayuda; el cine y la TV, algo más. Me divierten, como a cualquiera, los desplantes de W. C. Fields. Lo de “Una vez, durante la Prohibición, tuve que vivir durante días sin nada más que agua y alimentos”. O lo de “Una vez  me enamoré de una hermosa rubia. Nos divorciamos. Ella me orilló a beber, y no he tenido la delicadeza de agradecérselo”. También hay algo amable, de otro modo, en Bogart, un briagazo de ligas mayores que sin embargo fue siempre un buen amigo y un buen esposo. Me cuento, incluso, entre los que simpatizan con Charlie Harper, el de Two and a Half Men. Pero no encuentro muchas otras figuras que me ayuden a llegar a la meta. Se los suplico: escríbanme. Aporten. Sugieran. Mi contrato expira el 17 de septiembre. No dejen que un libro sobre el alcohol me haga dudar del alcohol.