Malos modos

El arte de ganarse la vida

Es una constante en la literatura mexicana, una especie de adicción. Un autor con cierta trayectoria se sienta en su estudio con una mirada absorta que anuncia elevadas cimas creativas, reflexiona con nostálgica simpatía en torno a su obra y decide que si ya bendijo a los lectores con el decantado sublime de su versificación, la serena lucidez de sus piezas ensayísticas y el fraseo de sus relatos cortos y sus novelas, tal vez sea momento de compartir los secretos del chef y contarle a esos lectores cómo fue su proceso de escritura; cómo, en fin, se desarrolló esa aportación ineludible a la historia de la literatura universal. El resultado: un libro lo bastante aburrido como para dejar catatónico a un mono en anfetaminas.

La cosa es que me he vuelto alérgico a la narrativa del work in progress, al ombligo como tema. Supongo que porque soy un lector de paladar rupestre, cada vez que un Premio Aguascalientes explica cómo escribió tal, cómo abrevó de Teresa de Ávila, cómo lo admiraba Borges, logro avanzar dos páginas, me digo: “Asesina a un personaje, desaparece a un protagonista, haz algo por favor”, y empiezo a repetirme un mantra: “Demasiada información, demasiada información…”

Aunque tal vez el problema es la falta de información. Hace unas semanas hablaba en este espacio de Mario Puzo, como ejemplo de un autor que, contra el prejuicio del gremio literario, reúne ventas y talento. Cae en mis manos Mientras escribo, de Stephen King, y descubro una obra maestra, otra de un autor que en teoría no puede escribirlas, porque vende en exceso. King pasea por su autobiografía con la atención centrada en el camino que lo llevó a convertirse en un rey del best-seller. Y lo hace con un humor entre macabro e irónico, sin piedad hacia sus faltas y, sobre todo, con una receta antifutbolística: si el buen jugador es el que esconde hábilmente sus defectos, él esconde sus virtudes. King es un tipo leído, un hombre con buena formación literaria. Pero, como sabe hacerlo James Ellroy, otro que ha hecho fortuna, lo oculta para irse al tuétano de la vida, la información que te desnuda, o sea la que importa: las frustraciones, la adicción, los amores, los quebrantos económicos.

¿Cómo se logra esa capacidad para ir a lo que importa? En el roce con los lectores. A la literatura no le viene bien el sufrimiento, pero sí el trabajo, la lucha por insertarse en el mercado. Por eso sobran las becas estatales, y por eso King, como Puzo o como Garibay y Leñero en México, ha escrito sobre el arte de ganarse la vida. Porque escribir, en realidad, es sobre todo eso.