Malos modos

El amor a los animales

A Timothy Treadwell, el de Grizzly Man, le costó ser devorado por osos hambrientos que no, siempre no fueron sus amigos. Pero Tim no era un hombre cuerdo. La verdad es que ni la brillante Jane Goodall fue inmune al virus. Nadie sabe más sobre los chimpancés que ella, la más famosa de las primatólogas (os). Así y todo, le tomó tiempo darse cuenta de la verdad: que los chimpancés, lejos de constituir una comunidad idílica, hecha toda de amor y solidaridad, eran también seres violentos, capaces de emprender campañas de exterminio contra especies más débiles, o de prolongar durante años una guerra dentro de la misma especie de la que no quedaban exentos ni en canibalismo ni en linchamiento.

El virus es el de filia delirante por los animales, el amor desmedido. Hierven las redes sociales de videos con gente que le rasca la pancita a un toro de lidia o se besa con un león. De lo que se trata es de demostrarnos que son seres tiernos, amorosos, dulces. Ajenos a la violencia. ¿Neta? ¿De veras es necesario ñoñizar así a la naturaleza, convertirla en una fábula edulcorada, reinventarla como un mundo pacífico e indoloro, para convencernos de que debemos respetarla, convivir decentemente con ella? Vivimos un extendido empobrecimiento de nuestra cosmovisión, de nuestra lectura de un mundo que, da pena recodarlo, en realidad es complejo, contrastante. No se trata de entrar en retóricas darwinianas simplonas. Tampoco, de convertir toda la vida salvaje en una historia de unicornios rosas.

Si nuestra mirada del mundo no domesticado es así de ramplona, ni hablar de los llamados animales de compañía. Cada uno con sus certezas. Eres libre de creer que tu perro lee tus emociones como nadie, es bueno como un santo y puede leer a Dostoyevski —y no poca razón tendrás. El problema es que como consecuencia no sólo tratamos a las mascotas como niños: las tratamos como niños malcriados, esos a los que dejas olvidados por horas para luego contrapesar culposamente el abandono con una tolerancia ridícula a sus impulsos. La epidemia de ladridos, mierda en las calles, restaurantes en los que no puedes estar porque a alguien le parece muy normal que su perro esté jodiendo en tu mesa, para no hablar de los ataques reiterados de los “peludos” (de veras, ojalá ya no los llamaran así), es en buena parte consecuencia de esa lectura del mundo.

Goodall es tan famosa por lo que sabe de los primates como por lo que entendió de los humanos a través de ellos. Los animales son fascinantes por lo que dicen de nosotros. Lo que dicen es de pena ajena.